El RCD Mallorca se ha desplomado en el peor momento posible. Cuando todo parecía encaminado hacia una permanencia relativamente tranquila, el equipo bermellón ha convertido las dos últimas jornadas en un catálogo de errores, decisiones incomprensibles y fallos impropios de un equipo que se estaba jugando seguir en Primera División. Además de la actitud. Que hoy no ha sido la mejor.
Un punto de los últimos nueve posibles resume perfectamente el desastre. El equipo de Martín Demichelis llega virtualmente descendido a la última jornada después de una caída que deja señalado al técnico argentino, a varios futbolistas y también a la gestión deportiva de estas semanas decisivas.
Algunas decisiones de Demichelis han terminado siendo incomprensibles en el momento más delicado de la temporada. El entrenador, que lo había hecho muy bien hasta la antepenúltima jornada, apostó por experimentos impropios de una lucha por la permanencia, haciendo debutar a dos canteranos como Orejuela en la penúltima jornada y Javier Olaizola en la última. Ninguno de los dos lo hizo mal. El primero cometió varios errores graves en la primera parte del partido ante el Getafe pero no se le puede atribuir culpa. El problema no es ese. El problema es el contexto.
No era momento para inventos
Cuando un equipo se juega seguir en Primera División no puede permitirse improvisaciones, pruebas ni apuestas por jóvenes que apuntan muy buenas maneras pero carecen de experiencia en Primera. No, cuando te juegas la permanencia a dos jornadas para el final. También es verdad que la profundidad del banquillo mallorquinista no es mucha. Pero el Mallorca necesitaba certezas, jerarquía y experiencia. Sin embargo, el equipo ha transmitido en los 180 minutos decisivos exactamente lo contrario: dudas y nerviosismo. Ante el Levante, cayó en el juego del rival… con pérdidas de tiempo y un partido en el que, tras el gol, no se jugó a nada.
La sensación durante esta última semana ha sido la de un equipo perdido, nervioso y sin un plan claro para afrontar partidos que eran auténticas finales. Mientras otros rivales competían con tensión y orden, el Mallorca parecía empeñado en complicarse todavía más la vida.
Y luego llegó la acción de Johan Mojica en Valencia. Una escena absurda e impropia de un futbolista veterano en un partido de semejante trascendencia. ¿Cómo se le ocurre tirar del pelo a un rival en medio de la tensión del encuentro?, la imagen refleja perfectamente el estado mental de un equipo fuera de control.
Errores infantiles en el momento decisivo
A todo ello se sumó el fallo de David López en el primer gol del Levante, otra acción impropia del nivel de exigencia que requiere una lucha por la salvación. Ahí faltó concentración. El Mallorca no solo ha competido mal en la semana más importante. También ha cometido errores infantiles en momentos decisivos, algo que termina condenando siempre a los equipos que pelean por no descender.
La derrota en el Ciutat de València dejó además una sensación todavía más preocupante: el equipo volvió a mostrar falta de picardía y capacidad de reacción. El descenso todavía no es matemático, pero ahora mismo parece totalmente merecido.
En medio del desastre generalizado, solo un futbolista ha mantenido el nivel competitivo y el compromiso durante toda la temporada: Vedat Muriqi. El delantero kosovar ha sido el único capaz de sostener al equipo en muchos momentos del curso, peleando prácticamente solo en ataque y dando siempre la cara incluso en los peores partidos.
Demasiados errores, demasiadas decisiones difíciles de entender y demasiado caos en una semana clave para un equipo que parecía tener la permanencia en la mano hace apenas una docena de días. El Mallorca está virtualmente en Segunda y, viendo las últimas jornadas, cuesta encontrar argumentos para pensar que no sea el desenlace lógico.
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