Hay clubes que creen que su historia comenzó hace diez años. Hay dirigentes que hablan como si el pasado no existiera. Y luego están lugares como el lago Balaton, capaces de recordarte que la memoria siempre acaba imponiéndose al relato de moda.
Mientras el mallorquinismo continúa tratando de entender cómo un equipo construido para consolidarse en Primera División terminó cayendo a Segunda, Emilio Pérez de Rozas contempla las aguas tranquilas del mayor lago de Europa Central. A miles de kilómetros, Alejandro Vidal y Ricard Cabot desayunan junto a la Playa de Palma ya abarrotada por el verano. Tres escenarios distintos. Una única conversación: El fútbol. Siempre el fútbol.
El Balaton, considerado el mar interior de Hungría, se extiende durante casi ochenta kilómetros entre poblaciones históricas, viñedos, senderos y antiguos asentamientos que sobreviven al paso de los siglos. Mucho antes de que existieran los estados modernos, aquellas tierras ya formaban parte de un tablero geopolítico complejo. Eslavos, magiares, búlgaros, moravos y posteriormente los grandes emperadores austrohúngaros dejaron allí su huella.
Aquellas aguas habían visto pasar eslavos, magiares, emperadores, guerras mundiales y el colapso del bloque soviético. Y aun así seguían allí. Impasibles. Mucho más estables que algunos proyectos futbolísticos.
Quizá por eso resulta inevitable establecer ciertas comparaciones con el Mallorca. También el club bermellón ha atravesado épocas de esplendor y decadencia. Ha conocido presidentes, propietarios, directores deportivos y entrenadores que en su momento parecían imprescindibles y que hoy ocupan apenas unas líneas en los libros de historia. El club permanece. Los protagonistas pasan.
La conversación deriva entonces hacia una cuestión que se repite cada vez que una entidad importante fracasa: la responsabilidad.
En el fútbol moderno existe una curiosa capacidad para asumirla sin que ocurra absolutamente nada. Se reconoce el error, se admite el fracaso, se prometen análisis profundos y cambios estructurales, pero rara vez se producen consecuencias reales. La autocrítica se ha convertido en una figura retórica. Una declaración institucional. Un trámite.
La reciente reflexión de Pablo Ortells sobre el descenso del Mallorca encaja perfectamente en esa tendencia. Pensó en veintisiete mil cosas después de consumarse la caída. Una cifra tan enorme que inevitablemente lleva a preguntarse si entre esas veintisiete mil reflexiones figuró la más evidente de todas.
Resulta llamativo cómo el fútbol y la política han terminado compartiendo muchos de sus mecanismos de defensa. Ambos mundos parecen habitados por profesionales extraordinariamente preparados para justificar los errores propios y extraordinariamente exigentes para señalar los ajenos. La humildad escasea. El reconocimiento sincero del fracaso todavía más.
La sensación de desconexión entre algunos dirigentes y la realidad social de los clubes tampoco ayuda. El mallorquinismo continúa esperando algo más que explicaciones administrativas. Espera ilusión. Espera liderazgo. Espera sentir que quienes toman las decisiones entienden realmente lo que representa el escudo que gestionan.
Porque los aficionados pueden aceptar los malos resultados. Lo que aceptan peor es la indiferencia. Y esa sensación de apatía institucional es precisamente la que sobrevuela muchas conversaciones durante este verano.
La misma idea aparece cuando la mirada se desplaza hacia Madrid. La batalla por la presidencia del club más poderoso del mundo está adquiriendo tintes difíciles de comprender para cualquier observador neutral. Resulta sorprendente comprobar hasta qué punto hombres con fortunas capaces de comprar empresas, medios de comunicación o cadenas hoteleras enteras están dispuestos a librar una guerra pública por un cargo que, en teoría, debería estar motivado por el servicio al club.
Las entrevistas sustituyen a los debates. Los programas de televisión reemplazan a las confrontaciones directas. Las acusaciones ocupan el espacio de las propuestas. Y los lemas de campaña parecen diseñados más para alimentar trincheras que para explicar proyectos.
Mientras tanto, el fútbol español continúa atrapado en discusiones permanentes sobre conspiraciones, arbitrajes, agravios históricos y enemigos imaginarios. Da igual la categoría, el presupuesto o la ciudad. El fenómeno se reproduce en todas partes.
Quizá por eso el lago Balaton ofrece una perspectiva tan útil. Porque la historia enseña una lección sencilla. Los imperios desaparecen. Los dirigentes cambian. Las modas pasan. Las excusas caducan. Incluso las grandes potencias terminan convirtiéndose en capítulos de un libro.
El Imperio Austrohúngaro parecía eterno. También la Unión Soviética. Y sin embargo ambos acabaron formando parte de la historia. Las aguas del Balaton permanecieron. Como permanece el Mallorca.
Como permanecerán sus aficionados cuando todos los actuales responsables hayan abandonado sus despachos. Porque al final los clubes pertenecen mucho más a quienes sufren por ellos que a quienes los administran temporalmente. Y esa es una verdad tan antigua como las aguas tranquilas que hoy reflejan el cielo de Hungría.
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