Usted se lo ha preguntado mil veces, millones de veces. ¿Qué tiene el fútbol que vuelve loca a la gente? ¿Qué tiene, por qué provoca que la humanidad haga auténticas insensateces? ¿Qué hace que un abogadito, al que no se le conoce victoria alguna en los tribunales, que entra y sale de los juzgados, no para defender a sus clientes sino por pleitos que le atañen, se convierta en una auténtica celebridad, en un gurú, en el flautista de Hamelín?
¿Qué tiene el fútbol para que uno de los diez seres más poderosos de España se atreva a desnudarse ante las cámaras de televisión, pierda los papeles (físicamente, sí, los golpea, los despliega sobre la mesa) y se atreva a salir en el programa más retrógrado del mundo para intentar ganar unas elecciones, que ni siquiera tenía necesidad ni obligación de convocar?
¿Qué tiene el balompié, eso, alguien golpeando una pelota hasta tratar de meterla en una portería, que les juro, es inmensamente grande, para que un nuevo rico, que vivía tan feliz, cogiendo 140 aviones al año (muchos privados, fijo) y poseyendo miles de camiones, se someta al escrutinio de millones de españoles, que, de pronto, descubren que ese señorito de Torrevieja, que hipotecó su apartamento para hacerse rico en Panamá vendiendo tierra, quiere ser presidente del Real Madrid?
¿Qué tiene lo más importante de las cosas menos importantes del mundo para que dos megarricos, dos riquísimos, que tienen su vida, la de sus hijos, la de sus nietos y la de sus bisnietos resueltas, crucen la acera y uno, el de mayor edad, empiece a decir cosas tan bárbaras como “a ver, esa niña, que tiene derecho a hablar, que todos vosotros sois muy feos” y el otro, el más jovencito, explique (para que le crean, claro, y vean lo listo que es) que empeñó el reloj que le había regalado su padre (“éste, éste que llevo en mi muñeca”) y lo desempeñó inmediatamente?
¿Poder?, qué va, no hay nadie en España, ¡nadie!, con más poder que Florentino Pérez. ¿Imagen?, pero si Enrique Riquelme tenía su imagen inmaculada, intachable, sin que le conociera nadie y viviendo a sus anchas y, ahora, ya todo el mundo tiene su móvil, sabe dónde vive, dónde come y qué cena. ¿Fama?, ¡no hay nada peor para un rico de verdad que le conozcan! ¿Representación? ¿Aplausos? ¿Gloria? ¿Reconocimiento social?
No, tiene que haber algo más. Yo creo que es el orgullo personal, intransferible, del abogadito sin importancia, sin currículum, hasta el empresario más poderoso de España y el emprendedor más acaudalado del momento, de sentirse importante, admirado, popular, cuando, cada noche, esté donde esté del mundo, apaga la luz de su mesita de noche y piensa, sabe, chulea que es el presidente del club más rico y poderoso del mundo, según Forbes. Eso, según Forbes, muy importante para ellos. Forbes, digo.
Nadie, absolutamente nadie, ni siquiera el más forofo futbolero, hubiese imaginado, nadie, que un día, o dos, o tres, o cuatro, o cinco, vería a Florentino Pérez, el dueño de ACS (recuerden: 50.000 millones de euros de facturación y 110.000 empleados) y presidente del Real Madrid, toser y toser, sonarse con un Kleenex arrugado, dudar, balbucear, mostrarse mayor, inseguro, dubitativo, vulnerable, poco dueño de sus palabras y, sobre todo, repetitivo. Y, no solo eso, tener la necesidad de someterse a escrutinio, él, que tenía asegurado el mando, hasta que quisiera. Nadie le pidió elecciones.
Nadie, absolutamente nadie, ni siquiera el más forofo futbolero, hubiese podido imaginar que Enrique Riquelme, un rico de la calle de Jorge Juan, en el barrio de Salamanca, pondría su prestigio, su credibilidad, su imagen, su fortuna, su futuro apacible en riesgo, hasta tener la necesidad, ¡Dios!, de acudir al notario para que la gente le creyese cuando hiciese propuestas que el mundo, bueno, el mundo del fútbol, tremendamente barato, no dudaría en poner en entredicho o, simplemente, considerar imposibles, faroles.
Yo tengo un amigo del alma, el culé más grande (en todos los sentidos) que he conocido en mi vida que, cada vez que se convocan elecciones a la presidencia del FC Barcelona, siempre me dice: “Yo quiero estar en la cena en la que un socio culé le dice a su esposa que se va a presentar a las elecciones del Barça”. Pero tú has perdido la cabeza o qué, para que insulten a los niños en el cole, para que no pueda ir a la peluquería, para que nos zarandeen el coche un día en un semáforo…
Hay poderosos o futuros poderosos que no conocen la diferencia entre prestigio y popularidad. Parecen lo mismo y no lo es. La diferencia es muy notable, sobre todo cuando consigues prestigio y crees que lo que te falta para redondear tu vida, tu carrera, tu ascensión, es popularidad. Gran error.
Gracias, Pep
Un día, a las siete y media de la mañana, en el vado de la Ciudad Deportiva Joan Gamper, encerrados en el primer Range Rover Evoque (precioso, grande, blanco) que hubo en Barcelona, propiedad, sí, de Pep Guardiola, que no paraba de ganar y ganar, de jugar como los ángeles, de golear, de acaparar títulos con su Barça celestial, me dijo que la cosa más grande que había descubierto, mientras disfrutaba de esos días únicos, “es la diferencia, Emilio, que hay, que existen, entre que te feliciten o que te den las gracias”. Prestigio y popularidad.
“Me dan las gracias muchas más veces que me felicitan. Te felicitan por algo puntual; los que te dan las gracias lo hacen porque les has dado o proporcionado algo, da igual, un gol, una victoria, una alegría, un título, que les permite ser felices, estar orgullosos de su equipo, compartirlo con su familia, sus amigos, sus colegas. Te dan las gracias porque les has ayudado a ser felices o algo más felices. Cuando te felicitan es un instante; cuando te dan las gracias es para toda la vida”.
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