……pero ¿qué dice usted, señor?, ¿qué dice usted? ¿Usted ha visto jugar a Francia? ¿La ha visto jugar? ¿Cómo puede decir que España es superior y va a ganar? ¿Cómo puede decirlo?
Ya veo que no se ha fijado en ese porterazo llamado Maignan, ¡menuda planta! Y ese Koundé, lateral impresionante del Barça, que usted conoce bien y duda de él (por eso dudo, porque lo conozco y he visto la temporada que ha hecho). ¿Y cómo puede decir que a ese impresionante Upamecano le ha visto perder partidos él solito con el Bayern de Múnich, si es un central de categoría? ¿Y por qué, por qué, minusvalora a Digne, un tremendo lateral, que Luis Enrique acaba de fichar (por 10 millones, sí, precio de megaestrella, ya ve) para su campeonísimo PSG?
Parece mentira que usted haya visto jugar a Francia en este Mundial, donde ha ganado (había, perdón) todos los partidos. Ese estilizado Rabiot, recto, alto, «a lo Zidane», cabeza erguida, mirada al fondo. Ya ni le cuento el despliegue físico, portentoso, ¿verdad?, de Tchouameni, que usted también conoce bien (sí, de perderlo todo con el Real Madrid en los dos últimos años). Y, por descontado, ¿quién se atreve a dudar de Olise, por el que suspira medio mundo (y al que ese medio mundo vio fracasar anoche en el que debía ser su gran bautismo)?
Ya ni le cuento, amigo, que dudo de Francia (perdón, yo no dudé de Francia; yo escribí que España era mejor y que íbamos a pasar, cosa que no se atrevió a escribir nadie más) si repasamos esos tres cuchillos portentosos (sí, llegué a leer que ustedes tenían arriba tres Lamine Yamal, sí, sí, lo leí) que Francia posee en el ataque.
Mbappé, ¿qué le voy a contar de Mbappé que usted no sepa? (Pues que mete muchos goles, pero gana pocos títulos). ¿Y del Balón de Oro? ¿Qué tiene que decir de ese estilete llamado Dembélé? ¿Qué tengo que decir? Pues le diré que el futbolista que llega como Balón de Oro a un Mundial jamás ha ganado la Copa del Mundo. ¿Le sirve? Y quedaba Barcola, el jugador milagroso de Luis Enrique. Eso, de Luis Enrique, no de Francia.
En serio, España, Luis de la Fuente, Unai Simón, Porro, Cubarsí, Laporte, Cucurella, Rodri, Fabián, Lamine Yamal, Olmo, Baena, Oyarzabal, Llorente, Pedri, Merino, Nico, Ferran y todos los demás son mucho más que ese racimo de finitos y favoritos franceses, al que más de medio mundo daba por finalistas; perdón, por campeones.
España llevaba 36 partidos sin perder y medio mundo creía que había llegado su momento (de perder). Había salido 36 veces rojo y, vaya, volvió a salir rojo. Y, mira, el momento (nefasto) le llegó a Francia, que ya había caído en los dos últimos duelos ante España. Vaya.
Pero muchos creían que España era inferior y, en el campo, durante 97 minutos, el baño fue de película, de cine, de documental, de repetición en bucle, de VAR, de moviola, de Escuela de Entrenadores, de Universidad, de Facultad del Deporte, de sesión nocturna en La Masia, en Valdebebas (pobres, no había ni un madridista), de viaje a lo conocido, la segunda estrella.
Podríamos describir, ¿verdad?, con mayor lujo de detalle y virtudes lo que son, cómo son y cómo juegan los nuestros (bueno, los míos), cómo se adueñan del balón, del «tempo» del partido, cómo saben cuándo ralentizar el juego, cuándo entretener al rival, despistarlo y, sobre todo, como hicieron anoche con esa selección pletórica, desquiciarla. Cuándo acelerar, cuándo imprimir verticalidad al «tiki-taka» cruyffista, cuándo buscar la superioridad y cuándo hacer daño.
Todos sabemos que el fútbol, muy a menudo, demasiado a menudo, premia al peor, al que menos fútbol despliega. Anoche era de justicia que España se llevase el partido de calle, como así fue: protagonizaron, todos, todos, una exhibición, casi insultante para una selección como Francia, que, casi, casi, fue a Estados Unidos a recoger la copa Jules Rimet.
Pero se encontró a una España «in crescendo» que, como ya ocurrió en Sudáfrica 2010, en la semifinal contra Alemania, con aquel golazo de Puyol, jugó su mejor partido en la semifinal, con pinta, el de anoche, con mucha pinta, de repetirlo, el domingo, en la final, da igual quién esté delante.
Yo sabía que podía pasar esto. Quería que ocurriese. No tanto porque intuía que esta poderosa Francia no había sido maniatada como lo iba a ser por España, ni porque sospechara que tenía una mala defensa (el penalti de Digne es de patio de colegio, de párvulos), sino porque pensaba que si el centro del campo español, nuestro auténtico tesoro, era lo que todos suponíamos que sería, Olise solo no podría nutrir de balones a sus «Lamines Yamales».
Creí en la victoria y en el pase porque yo, sin saber de fútbol como todos los que dudaron, no encontré (y lo escribí) ni un solo indicio ni motivo para decir, para sospechar, que España no iba a jugar como jugó: de maravilla. Porque esa maravilla hace tiempo que dura. No es la primera vez que la vemos jugar así (de impresionante). De momento, 37 partidos. Que pase el siguiente, por favor.
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