No se dejen engañar más, ni caigan en la trampa cuando les digan que el Mallorca ha invertido en su plantilla de futbolistas del primer equipo todo el dinero disponible y ha agotado el límite salarial impuesto por la Liga de Fútbol Profesional.
Si el presidente, Andy Kohlberg, no fuera el instigador de una política económica pésima en el terreno deportivo y, a tenor de los últimos balances, casi peor en el financiero, podríamos colegir que el fracaso de sus mandos superiores Alfonso Díaz y Pablo Ortells se debe solamente a su impericia. O son muy malos en lo suyo o siguen a ciegas las instrucciones de sus empresarios a costa del descrédito del club en trances de descenso social y clasificatorio. Hay que tener mucho musgo para acudir a Londres a presumir de «club negocio» en presencia del propio mandamás de la patronal.
Termine como termine la liga, depende de los grados de pesimismo u optimismo con que cada uno contemple la realidad, tomen nota de que nueve equipos de primera división se gobiernan con límites inferiores al que en Son Moix aseguran haber agotado: Espanyol, Osasuna, Getafe, Rayo Vallecano, Real Oviedo, Elche, Alavés, Levante y Sevilla. Los cuatro primeros inmersos en competición europea o luchando por figurar en ellas en el próximo ejercicio. De los cinco restantes, tres superan a los bermellones, uno se encuentra a solo tres puntos de hacerlo y solo el club del Principado se arrastra en lo más profundo de la tabla.
A la vista está lo que han hecho los ejecutivos de confianza de la propiedad, no del Mallorca, con el undécimo presupuesto para invertir, nunca sabremos si en la permanencia del patrimonio que constituye la categoría o en directoras de eventos, de audiovisuales, de comunicación, gimnasios, bares, restaurantes, centros infantiles de ocio, fiestas de aniversario o seis entrenadores en diez años, porque está claro que no en el plantel. En cuanto al estadio, no olvidemos que quien paga es el fondo británico CVC mediante una hipoteca a sufragar con un porcentaje de los ingresos por televisión.
Me imagino a Maheta Molango muerto de risa como oyente de la ponencia en la capital de Gran Bretaña y a Monti Galmés, el último mohicano, mallorquín como le gusta a Demichelis, triste porque tuvo que ahuecar, cansado de predicar en el desierto; el de Arizona, no el del Sáhara.
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