De los ocho equipos españoles que salieron a conquistar Europa, solo quedan dos. La nacionalidad, en algún caso, no pasa de eufemismo, pues el Real Madrid sacó en Múnich un equipo sin un solo jugador español; en lugar de la quinta del buitre, una mezcla de razas. El Barça cayó con la misma indignidad ante un equipo, el Atlético, con la mitad de su presupuesto. Eso sí, con una buena representación de la Masía. La armada invencible ha vuelto a hundirse víctima de los elementos.
Bromas aparte, no pasemos por alto que hablamos de un club con el mayor presupuesto del mundo y otro que está entre los cinco primeros. Las cuentas del Bayern se quedan unos cuatrocientos millones por debajo de las de su derrotado contrincante. Son las más altas de la Bundesliga, donde otro de sus integrantes, el Friburgo, ha liquidado por un global de 6 a 2 al epatante Celta y su no menos admirado Claudio Giráldez. El Real Betis salió humillado de La Cartuja por el cuarto clasificado de la liga de Portugal, el Sporting de Braga, cuyo valor de mercado se sitúa en torno a unos cien millones menos del que conservan los verdiblancos. El Athletic de Valverde y el Villarreal ni siquiera pasaron de la primera fase de la Champions, ambos con gastos que rondan los doscientos «kilos».
No negamos mérito a los supervivientes. Eso sí, el Atlético ha renunciado a la liga para acometer el sueño que le robaron en una tanda de penaltis de la que aún se hablaría si los perjudicados hubieran sido los beneficiados de siempre, pero su empeño temporada tras temporada merece la corona de la ilusión y la esperanza. De otro lado, la amenaza del descenso es el precio que paga el Rayo Vallecano por acceder al peldaño de una semifinal a costa de un rival, el AEK de Atenas, con un presupuesto parecido al del Mallorca, para que se hagan una idea, en este invento de la UEFA a modo de repesca recaudatoria cuya denominación escapa incluso a sus participantes.
Lo que aquí se plantea es el examen de la relación calidad/resultados/precio, del fútbol español del que tanto presume el presidente de la LFP y vicepresidente de la RFEF, Javier Tebas, probablemente el dirigente más poderoso del entramado deportivo profesional después de su enemigo Florentino Pérez. No es que los aficionados paguen por sus abonos, localidades o la televisión cantidades que están muy por encima del espectáculo ofrecido, sino que los propios clubs se endeudan (Barça, Betis, etc.), hasta donde no pueden, con inversiones solo convertibles en campañas antiarbitrales en el mejor de los casos, mientras proliferan las chisteras, los conejos y las palancas.
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