En Mallorca ya no basta con hablar del mar o del turismo para entender lo que ocurre. Hay otra grieta, más silenciosa pero más profunda, que divide la isla en dos maneras de estar en el mundo.
Por un lado está la Mallorca que no se avergüenza de ser lo que siempre ha sido: una isla española, con una identidad rica, compleja, pero integrada en una historia común que no necesita ser negada para tener valor. Es una Mallorca que no vive en conflicto consigo misma, que no necesita reinventarse cada mañana ni pedir permiso para sentirse parte de algo más grande.
Y luego está la otra.
Una Mallorca empeñada en construirse a base de negaciones. Que no se define por lo que es, sino por lo que rechaza. Que ha comprado, sin demasiado espíritu crítico, un discurso importado que convierte la identidad en una trinchera y la cultura en una herramienta política. No es una evolución natural: es una imposición lenta, constante, envuelta en un lenguaje aparentemente inofensivo.
Esa Mallorca separatista ha entendido bien algo: que las grandes transformaciones no llegan de golpe, sino por acumulación. Un cambio en el lenguaje aquí, una reinterpretación de la historia allá, una presión sutil en la educación, en la administración, en lo cotidiano. Todo presentado como progreso, como sensibilidad, como avance. Pero detrás late una idea mucho más simple: separar, diferenciar, romper.
Lo preocupante no es solo la intención, sino la falta de medida. Porque en ese empeño por redefinirlo todo, se desprecia con demasiada facilidad lo que ha dado estabilidad a la sociedad mallorquina durante décadas. Se presenta como atraso lo que en realidad era convivencia. Se caricaturiza como imposición lo que muchos sienten como pertenencia natural.
Mientras tanto, la Mallorca que no comulga con ese proyecto empieza a cansarse de justificarse. De tener que explicar una y otra vez que defender la unidad no es ir contra la cultura, que sentirse español no implica renunciar a lo propio. Cansada de ver cómo se estrecha el espacio para la discrepancia, cómo ciertas ideas se imponen no por convicción mayoritaria, sino por insistencia organizada.
Y ahí es donde la grieta se agranda.
Porque una cosa es convivir con distintas sensibilidades y otra muy distinta es aceptar que una de ellas pretenda reescribir las reglas del juego sin consenso real. Mallorca nunca ha sido una sociedad de ruptura, sino de mezcla, de equilibrios, de identidades superpuestas que no necesitaban excluirse.
Hasta ahora.
La Mallorca separatista insiste en empujar en una dirección que no representa a todos, pero que actúa como si lo hiciera. Y ese es el verdadero problema: no la existencia de una idea, sino su pretensión de convertirse en única.
Frente a eso, la otra Mallorca —la que sigue creyendo en la continuidad, en la pertenencia compartida, en el sentido común— empieza a despertar de una cierta pasividad. No desde el enfrentamiento, sino desde la necesidad de poner límites. De recordar que la identidad no se decreta ni se impone: se vive.
Porque si algo ha definido siempre a Mallorca es precisamente lo contrario de lo que ahora algunos promueven: la capacidad de ser muchas cosas a la vez sin romperse por dentro.
Y quizá haya llegado el momento de decirlo sin rodeos: no todo cambio es progreso, ni toda reivindicación es justa por el hecho de hacerse en voz alta. A veces, defender lo que ya funciona no es inmovilismo. Es, simplemente, sentido común.
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