Habían transcurrido 49 años. Y la semana pasada (julio de 2026), volví a pisar el CIR-14, el otrora centro ‘General Asensio’, con un grupo de veteranos que también habían pasado por allí. Pasear por las ‘calles’ que separaban los barracones de la 3ª Compañía (Primer Batallón) -la que fue mi casa durante los tres primeros meses de ‘mili’- resultó un placer de dioses.
Sentado en aquellos portales, había leído las cartas de ánimo de mis padres -ahora ya fallecidos-; había esperado una carta que nunca llegó; había llorado; había reído… En el interior, tumbado encima de la litera oxidada que crujía al menor movimiento, había pasado noches enteras sin dormir, a sabiendas de que al día siguiente tocarían diana, aún de noche -mes de enero 1977– y el día consistiría en instrucción militar, ejercicios de tiro, correrías por el monte o dispensación de medicamentos en el escasamente dotado botiquín.
Esta vez no sentí el crujir de mis botas sobre la grava ni el dolor en las plantas de los pies al pisar las piedrecillas con aquellas wambas verdes. Habían pasado 49 años. Y volvía a estar allí. Algo se removió por dentro. Muy adentro.





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