De la esperanza a la decepción
Cuentan que las personas que se aproximan al borde del abismo corren el peligro de precipitarse en él al percibir el eco del espeluznante vacío de su silencio. El Mallorca de Kohlberg, Díaz, Ortells, Arrasate y, sí, también Demichelis, lleva nueve meses —lo que dura un parto— en la duda de saltar o no, arrastrando con ellos al equipo y a la afición.
Ciñámonos al partido, tal vez la única esperanza que queda para revertir un descenso cuya responsabilidad no alcanza ni al Cholo Simeone, al Celta o a cualquier agente externo, por mucho que haya influido en la clasificación. Cuando uno depende de sí mismo, como lo ha hecho el Mallorca, o impones esa ventaja o te atienes a las consecuencias; la principal de ellas, la que hemos subrayado incluso durante ciertas tardes de triunfo: la defensa. El técnico argentino no ha logrado taponar las vías de agua de un equipo alérgico al orden y la disciplina táctica. Recordar los goles encajados en Vigo, en la despedida de Jagoba, no fueron peor defendidos que los que un Leo Román, que solo sale de los palos para despejar balones fuera del área, y sus zagueros —especialmente los laterales, pero incluido el lesionado Raíllo, penalti a penalti— y el resto del equipo, apartado de los conceptos de solidaridad y sacrificio, han recibido en otros estadios. También en Son Moix. El gol de la victoria babazorra está calcado, no en la forma pero sí en el fondo, al que le sirvió al Valencia para empatar en Son Moix, resultado que la derrota en Vitoria relega a la nada.
Lo más curioso es que, aupado en el golazo del joven Virgili, pretender que juegue como Luvumbo equivale a convertir a John Wayne en indio en lugar de vaquero. El Mallorca tuvo y retuvo el balón en su poder, una supremacía que empezó a desaparecer ya antes del descanso y que se diluyó lentamente después, volviendo a ese sinfín inútil de fútbol sala en el centro del campo, hasta que el contrario —que, por cierto, en este caso no vencía ante su público desde el mes de enero— robó más balones e invirtió el control y la posesión con más ansia y velocidad. Nada del otro mundo. Peor aún.
Punto y aparte. Si el revulsivo ante el Valencia debían de ser David López, Antonio Sánchez y Llabrés, hoy la solución se buscaba en Mateu Morey, Abdón y Lato. Si Jagoba se hubiera atrevido siquiera a insinuarles, le habrían mandado de regreso a Berriatua antes de lo esperado y ejecutado.
COMENTA LA NOTICIA