Antes de asistir a la despedida de Demichelis –Don Miguelis le llama un amigo- y los discursos vacíos de Pablo Ortells y Alfonso Díaz, cuyo dilema es cuánto va a pagar el Leipzig, porque de haber echado al argentino, que es lo que buscaba, el «pagano» hubiera sido el Mallorca, no perdamos de vista la realidad y olvidemos el relato que no tardará en ser distribuido oportunamente.
Ambos ejecutivos, no dueños pero sí señores del club, desoyen el clamor de las voces que reclaman su dimisión o cese, que inundan las redes sociales e incluso generan cartas abiertas en los periódicos. A quien pasee lentamente por las aceras de Son Moix le parecerá oír tenuemente la voz de Joan Baez entonando aquel «No nos moverán», el himno que en los 70 unía a los movimientos de oposición a todas las dictaduras del mundo. Y, en efecto, no les moverán porque, entre otras razones, Andy Kohlberg no tiene la menor idea de a quién poner en su lugar y fiarse de lo que le dijeron salió fatal.
La baja del técnico que iba a participar, iluso él, en la planificación y confección de la plantilla para recuperar la categoría perdida, no altera el orden de los factores. Seguimos sin conocer qué futbolistas se quieren ir, por ejemplo Jan Virgili, o cuáles prefieren asumir las consecuencias del desastre, aunque la respuesta no es tan complicada, pues se marcharán aquellos que generen algún ingreso esperado, como el de Samu, o inesperado en la misma medida en que para identificar al sustituto de Demichelis bastaría con descubrir cuál de los candidatos cobra menos y no tenga más oferta que la que le presenten nuestro «par de gemelos», el que se cargó a Maheta Molango para tomar su sitio y el que dejó la quinta columna del Villarreal atraído por un contrato económicamente superior.
Las penyas nunca han pintado nada en el club, cada vez menos. Con que les visiten los jefes y algún jugador en sus cenas anuales, ya tienen bastante. Si tuvieran un mínimo de presencia y actuaran como un grupo de presión, tal como ocurre en el Levante, el Espanyol y otros equipos, la ejercerían. Aquí se vive tan cómodo en los despachos como los jugadores en el terreno de juego. Nivel de exigencia, a ras de suelo. Más bien sumisión institucional y mediática salvo que sea un mallorquín quien esté al frente.
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