Quedan unos días para el 21 de junio, la fecha marcada por los calendarios, los astrónomos y los fabricantes de helados. Pero para Emilio Pérez de Rozas, Alejandro Vidal y Ricard Cabot el verano comenzó mucho antes. Empieza cuando los colegios cierran sus puertas, cuando las ciudades se vacían lentamente y cuando el fútbol, ese animal insaciable, entra en su peculiar época de contradicciones.
Porque mientras las playas se llenan, los despachos también. Y en Son Moix las noticias que llegan no invitan precisamente al optimismo. El mensaje que transmite el Mallorca es claro. Prudencia. Contención. Cinturón apretado. Una forma elegante de anunciar que se avecinan vacas flacas.
Los tres coincidían en una idea sencilla. Nadie pide fichajes imposibles ni aventuras financieras. Pero sí algún gesto. Alguna señal que indique que existe una voluntad real de crecer. Porque aspirar a algo más exige moverse. Y es que hasta hace poco el objetivo consistía en encontrar tres equipos peores. Ahora la realidad es distinta. Muy distinta.
Los números tampoco ayudan a tranquilizar a nadie. La diferencia económica entre seguir en Primera y caer a Segunda continúa siendo tan gigantesca que condiciona cada decisión. Los ingresos televisivos se desploman, los presupuestos se encogen y cualquier planificación se convierte en un ejercicio de supervivencia. Por eso aparecen inevitablemente los nombres de Muriqi, Larin o Maffeo. Y las cuentas salen para estar un año en Segunda, pero las intenciones no.
Desde allí el salto hasta el Mundial resultó casi natural. Al fin y al cabo, también allí el dinero ocupaba el centro del escenario. El campeonato que organizan Estados Unidos, México y Canadá se presenta como el torneo más grande de la historia. Tan grande que, para algunos, corre el riesgo de perder precisamente aquello que lo convirtió en especial. Cuarenta y ocho selecciones y ciento cuatro partidos parecen responder más a una lógica empresarial que deportiva. La sensación era que el Mundial había dejado de ser una fiesta excepcional para transformarse en una gigantesca plataforma comercial capaz de producir ingresos a cualquier hora del día y en cualquier rincón del planeta.
Mientras tanto, el aficionado europeo se encuentra consultando horarios imposibles y descubriendo enfrentamientos que apenas generan expectación fuera de sus países de origen. El fútbol global ha ganado alcance, pero quizá ha perdido algo de intimidad. Durante décadas el Mundial fue una celebración popular que conseguía detener ciudades enteras. Hoy parece un producto diseñado para que nunca deje de emitirse. Como si el objetivo ya no fuera emocionar al espectador sino mantenerlo conectado.
Y, pese a todo, el balón sigue teniendo la extraña costumbre de imponerse a los despachos. Por mucho que la FIFA piense en balances millonarios, por mucho que los patrocinadores condicionen calendarios y horarios, al final el torneo vuelve a reducirse a una pregunta muy simple: quién será capaz de ganar. En ese apartado, Francia aparece como una favorita casi indiscutible. Su plantilla parece construida para dominar una época. Tiene talento, profundidad, experiencia y recursos para resolver cualquier escenario imaginable. El único elemento que genera dudas es, paradójicamente, quien se sienta en el banquillo. Didier Deschamps lleva años acumulando éxitos, pero también la fama de entrenador conservador, capaz de convertir un equipo exuberante en una selección excesivamente cautelosa.
Por detrás aparece España. Quizá con menos nombres que otras generaciones, pero con algo que en ocasiones resulta igual de importante: ilusión. Y esa palabra, ilusión, terminó siendo el verdadero punto de encuentro de toda la conversación. Porque tanto el Mallorca que busca crecer como la selección que aspira a conquistar el mundo viven exactamente de lo mismo. De la esperanza. De la idea de que el próximo verano pueda ser mejor que el anterior.
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