Que suceda cada año no condiciona la necesidad de insistir en la aberración. No tiene ningún sentido prolongar el mercado de altas y bajas con la competición ya comenzada. No es de recibo que jugadores que militan dos partidos en un equipo, al tercero puedan deberse a otro para competir frente al que han dejado tras conocer sus ideas, dibujos, sistemas y, por supuesto, informar de todo ello al enemigo más o menos inminente.
Una concesión de la FIFA a los agentes tras perder la batalla que intentó contra ellos, igual que la he perdido respecto al acceso de los fondos de inversión en el accionado de los clubs. El único pecado de Infantino no ha sido el de tratar de vender el Mundial.
La manipulación de la liga se hace patente desde el momento en que las reglas del juego cambian con los campeonatos ya en disputa. La norma, como todas, favorece a los poderosos frente a los más débiles, en función de sus mayores ingresos y posibilidades de acción. El aplazamiento de la mitad de la jornada inaugural en primera división con la excusa de la participación de jugadores internacionales en las filas del Real Madrid, el Barça, el Atlético, el Athletic es directamente un atropello a los contrincantes que les deparó el calendario que, además, no pueden fichar jugadores tan caros.
Desde que esto es así no he escuchado a un solo entrenador que comparta esta prolongación del mercado, salvo que, como antaño, la liga comenzara tras el cierre de la gigantesca subasta. Pero ni ellos, ni sus discípulos, ni la afición, tan cacareada como denostada, pintan una regadera.
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