Ya hace muchos años que, a unos pocos kilómetros del centro de la localidad, había una casa abandonada. Estaba situada, creo recordar, al filo del bosque. Cubierta de hiedra, respiraba décadas de soledad y silencio. Todos y todas la conocían por un peculiar detalle; una vieja y monumental escalera de madera que parecía no tener fin.
Para unos era una especie de representación de la “escalera al cielo”, supongo, que por el clásico y extraordinario tema del grupo británico Led Zeppelin. Nadie sabía con seguridad el número de peldaños que tenía. Nadie la subía. No porque no les apeteciera, sino por la advertencia tallada en su base: “No subas hasta el final de la escalera”.
Un día, aquella joven aventurera, especializada en investigar lugares abandonados, con más curiosidad que miedo, decidió recorrerla y documentarlas. Llevaba consigo una cámara fotográfica, una libreta y valentía. Subió el primer peldaño de la escalera, crujió, pero resistió. Luego el segundo, el tercero y pronto perdió de vista el suelo. Cuando miró hacia abajo, no había nada, solo una espesa niebla.
Con cada peldaño que subía, la casa iba desapareciendo de la escena. Comenzó a observar, junto a ella, escenas suspendidas: su infancia junto a su abuela, el primer amor que dejó pasar de largo, una conversación nunca efectuada. La escalera no solo ascendía, le hacía recordar distintas etapas de su vida.
Justo cuando alcanzaba lo que creyó era el final de la escalera, apareció un último peldaño, más alto que los demás. Sobre él una placa metálica grabada: “Los que suben aquí no regresan igual. O bajas sabiendo quién fuiste o subes sabiendo lo que aún no debes saber”.
La joven, temblando, le sacó una foto al peldaño final, pero al revisar la cámara solo encontró una imagen: ella misma, más vieja, observándola desde el futuro.
En realidad, no sabemos si realmente subió, si bajó. Nadie la ha visto desde entonces. Solo su inseparable libreta fue encontrada junto a una nota manuscrita que decía: “No era miedo lo que sentí, era memoria disfrazada de vértigo”.
El cuaderno del tiempo, que había permanecido en silencio desde que la joven aventurera había subido la escalera, escribió una nueva línea entre sus páginas visibles: “Donde termina la subida, comienza lo que no debe recordarse”.
Mientras tanto, aquel extraño muchacho, aún atrapado en la llanura de los reflejos, sintió un fuerte tirón en el pecho. Un hilo invisible le estaba conectando con la casa abandonada, con ese último peldaño, con esa decisión que nunca era suya, pero que ahora lo llamaba.
La escalera seguía allí, inmóvil, paciente. El extraño muchacho subió contando cada escalón, cada crujido, cada sombra que parecía huir a su paso. En el penúltimo peldaño encontró la libreta de la joven aventurera. No estaba sola: una fotografía sobresalía de entre sus páginas, y en ella aparecían ambos, mirándose desde extremos distintos del mismo espejo.
Y entonces, el peldaño que no debía existir apareció. Uno que no estaba hecho de madera, sino de palabras flotantes, con una frase inacabada esperando a ser leída. El muchacho la pisó. En ese mismo instante la escalera se transformó. Ya no era ascenso ni descenso. Era círculo. Espiral. Era memoria girando sobre sí misma, arrastrando las distintas versiones que había decidido recordar demasiado, o demasiado poco.
Y al final de la escalera alguien le esperaba. Era el cronista traidor, aquel que se dedicaba a escribir cómo pasaba el tiempo, eso sí, a su manera:
“Has llegado más lejos que nadie. Pero cada peldaño que has subido es un recuerdo tuyo que ahora me pertenece”.
—“¿Qué quieres de mí?”
—“Que olvides. Porque quien olvida no se revela”.
Aquel extraño muchacho apretó la fotografía contra su pecho. Recordó a la joven aventurera. Recordó su cámara. Recordó su cuaderno. La escalera comenzó a derrumbarse.
COMENTA LA NOTICIA