Hay instituciones cuya coherencia no está en los valores que proclaman, sino en su habilidad para alinearse con el poder dominante de cada época. La Obra Cultural Balear (OCB) pertenece a esa estirpe. Su historia no es la de una entidad incómoda ni valiente, sino la de una organización dócil cuando conviene y militante cuando resulta rentable. Ayer colaboró con el franquismo; hoy se abraza al catalanismo separatista. Siempre con la cultura como coartada y la superioridad moral como escudo.
Conviene abandonar los eufemismos. La OCB no fue una víctima del franquismo ni una simple superviviente cultural. Colaboró activamente con el régimen. Formó parte de ese entramado de instituciones que ayudaron a construir una imagen de diversidad regional controlada, perfectamente compatible con una dictadura centralista y represiva. Mientras se perseguía a personas, ideas y libertades, ofrecía folklore, lengua domesticada y tradición inofensiva. Era útil. Y el franquismo supo recompensar esa utilidad.
La colaboración no fue solo tácita, fue funcional. El régimen necesitaba cultura sin conflicto, identidad sin derechos, lengua sin política. Aceptaron ese marco sin cuestionarlo, convirtiendo la cultura balear en un decorado aceptable para la dictadura. No hubo resistencia, ni desafío, ni ruptura. Hubo cooperación. Y ese hecho, incómodo para el relato actual, ha sido cuidadosamente maquillado con el paso del tiempo.
Tras la dictadura no llegó la autocrítica, sino la reconversión. Cambiaron los símbolos, pero no el mecanismo. Estos pasaron del regionalismo tolerado al catalanismo normativo, sin revisar su pasado ni sus métodos. La cultura dejó de ser un espacio de expresión para convertirse en una herramienta de adoctrinamiento. Ya no se trataba de proteger lo balear, sino de redefinirlo desde parámetros ajenos, subordinándolo a un proyecto identitario importado.
Porque la OCB no defiende la cultura de Baleares en su pluralidad real. Defiende una versión catalanizada, rígida y excluyente, donde lo propio solo es válido si encaja en un molde previamente decidido. Las particularidades insulares se diluyen, el mestizaje se desprecia y el español, lengua cotidiana de miles de baleares, es tratado como una anomalía. La diversidad se invoca, pero solo se acepta cuando confirma el dogma.
Esta deriva no se queda en el plano simbólico. Han mostrado una cercanía ideológica clara con el procés y con el golpe separatista del 1 de octubre. No como espectadora crítica, sino como legitimadora de una ruptura ilegal que dañó gravemente la convivencia democrática. Que una entidad subvencionada, presentada como cultural, blanquee un ataque al orden constitucional revela hasta qué punto la cultura ha sido sustituida por propaganda.
El tono acompaña al fondo. Hay una arrogancia persistente, casi hereditaria, en la manera en que la OCB se relaciona con la sociedad. Antes se decidía qué cultura era aceptable para el franquismo; ahora se decide qué identidad es legítima. El método es el mismo. Quien discrepa es señalado. Quien cuestiona el relato es descalificado. La lengua funciona como filtro ideológico y la cultura como tribunal moral.
El resultado es profundamente empobrecedor. Baleares, históricamente abiertas, complejas y diversas, quedan reducidas a una identidad vigilada y excluyente. Todo lo que no suma al proyecto se margina. Todo lo que no encaja se sospecha. Es el mismo empobrecimiento que produjo la colaboración con el franquismo, ahora envuelto en una retórica sentimental y pretendidamente progresista.
La OCB no ha roto con su pasado. Lo ha actualizado. Sigue entendiendo la cultura como un instrumento al servicio de una causa política, no como un espacio de libertad compartida. Y eso, ayer como hoy, no es defensa cultural. Es manipulación.
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