El fútbol siempre se balancea entre tiempos condicionales, lo que podría pasar y lo que podría haber pasado. Durante media semana apelamos a lo que hubiera ocurrido y soñamos con lo que es posible que suceda, sin parar nunca en la realidad del presente. El éxito del semanario Fiesta Deportiva, creado por Pedro Serra, frente a la Semana Deportiva, de Joan Morro, o Mallorca Deportiva, de la imprenta Cort, residía en que la primera salía cada sábado al amparo de la ilusión de lo que estaba por venir, mientras las otras dos revistas se editaban los lunes al hilo de la decepción de muchos resultados. Ha llovido mucho desde entonces, pero incluso sin salvar las distancias de los más de cincuenta años transcurridos, nada ha cambiado en el fondo, solo en las formas, igual que la propia humanidad.
Acataremos las enseñanzas del emperador romano Marco Aurelio, padre del escepticismo, que nos aconseja aprovechar el día de hoy, pues desconocemos el de mañana y no podemos rectificar el de ayer. Eso nos lleva a reflexionar más allá de la victoria del Mallorca sobre el Espanyol y de la trascendente semifinal que disputará el sábado en el Martínez Valero o Nou Altabix, con un nombre u otro, el escenario donde, bajo la presidencia de Antonio Asensio Pizarro y la dirección de Gregorio Manzano, se conquistó la Copa que hoy se expone en la sala de trofeos de Son Moix. Espera el Elche de Eder Sarabia, aferrado a quizás su último clavo ardiente.
La clasificación, fuera del descenso aunque sea por poco, insufla oxígeno a la escuadra de Demichelis, que sembró semillas bajo la tierra que sustenta el terreno de juego de El Sadar, pero, carentes de riego, no germinaron el pasado domingo en Palma. En la primera parte ante los pericos reapareció la sombra de Arrasate en aquel sin fin de pases horizontales que no llegaban a ninguna parte, y hasta el gol encajado, que pudieron ser dos, llegó de la forma habitual, con un segundo punta, Pickel, que pisó el área como Pedro por su casa, porque Samu piensa más en atacar que en defender, Mascarell no se basta por sí solo y Raíllo, craso error, juega con una lesión que distrae su mente y merma sus posibilidades. Nada nuevo bajo el sol.
El segundo tiempo, el técnico argentino recurrió a la épica, lanzó al galope y sin otro remedio a toda su caballería. Salió bien, pero hay mucho, muchísimo, que mejorar. Leo Román no transmite la seguridad que ofrecía Greif, a los laterales, casi siempre sin ayudas, les arrastra la corriente, Morlanes pasea su constante intrascendencia y Pablo Torre, mejorado, carece de autoridad física, técnica y mental para soportar el peso del equipo. Las diez jornadas que quedan, en las que se decide todo, como bien recordaba a menudo Luis Aragonés, exigirán mucho más de lo que vimos en Pamplona y conservar muy poco de lo demostrado el pasado domingo.
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