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Radiografía del votante separatista

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En Mallorca hay una forma muy particular de tensar la cuerda sin llegar nunca a romperla. El separatismo aquí no tiene la épica de otros territorios ni la determinación de quien quiere marcharse de verdad. Es, más bien, una pose sostenida en el tiempo, una especie de catalanismo adoptado que funciona como marca identitaria sin asumir del todo sus implicaciones. Y en esa ambigüedad se mueve buena parte del votante que lo respalda.

No estamos ante un independentista clásico. El votante separatista mallorquín rara vez articula un proyecto político claro de ruptura. Lo suyo es otra cosa: una identificación cultural forzada con Cataluña, una narrativa donde Mallorca aparece diluida en un espacio lingüístico y simbólico más amplio. Pero sin referéndums, sin hojas de ruta, sin consecuencias reales. Es un separatismo sin separación, lo cual ya apunta a cierta incoherencia de base.

En Vox creemos que este fenómeno responde a una estrategia deliberada: construir una identidad política útil sin asumir los costes que tendría llevarla hasta el final. Partidos como Més per Mallorca han perfeccionado ese equilibrio. Alimentan el discurso catalanista, promueven políticas lingüísticas excluyentes y refuerzan la idea de una Mallorca distinta, pero evitan cuidadosamente cualquier paso que implique una ruptura efectiva con el Estado.

Ahí es donde Vox marca una línea clara. Frente a esa ambigüedad, plantea una defensa explícita de la unidad nacional, sin matices ni concesiones. Para Vox, no hay espacio para juegos identitarios ni para equilibrios tácticos: Mallorca es parte de España, con su singularidad cultural, sí, pero sin necesidad de integrarse en marcos ajenos ni de asumir relatos prestados. La crítica no es solo al separatismo evidente, sino también a cualquier forma de cesión ideológica que lo legitime.

Y es precisamente en ese punto donde entra el Partido Popular en Baleares, no como oposición frontal a ese discurso, sino como actor que, en demasiadas ocasiones, ha contribuido a normalizarlo. A diferencia de Vox, el PP balear ha optado por una estrategia de acomodación: aceptar buena parte del marco catalanista para no perder terreno electoral. No lo impulsa con la misma intensidad que Més, pero tampoco lo combate.

El resultado es una diferencia sustancial entre ambos partidos. Mientras Vox plantea una confrontación directa con el catalanismo —al que considera una construcción ideológica ajena a la realidad mallorquina y balear—, el Partido Popular ha preferido moverse en una zona de confort donde se asumen ciertos postulados como inevitables. Políticas lingüísticas, marcos culturales e incluso el relato sobre la identidad: todo ello ha sido, en mayor o menor medida, aceptado o suavemente matizado, pero rara vez cuestionado de raíz.

Para el votante, esto genera un escenario confuso. Por un lado, tiene opciones como Més per Mallorca, que abiertamente empujan hacia ese catalanismo simbólico. Por otro, encuentra un Partido Popular que no rompe con ese marco, sino que lo gestiona. Y frente a ambos, Vox se presenta como la única fuerza que rechaza de forma explícita ese planteamiento y propone revertirlo.

En medio de ese tablero, el votante separatista —o catalanista— se mueve con relativa comodidad. Sabe que su visión del mundo no solo está representada por partidos que la defienden abiertamente, sino también por otros que, sin compartirla del todo, la toleran e incluso la integran parcialmente en su discurso.

Y ahí es donde aparece, de nuevo, el cinismo. Porque no se trata solo de quienes promueven esa identidad ambigua, sino también de quienes la permiten por cálculo político. El separatismo mallorquín no se entiende sin esa doble dinámica: la de quienes empujan y la de quienes no frenan.

Quizá, al final, la verdadera radiografía no sea solo la del votante, sino la de un ecosistema político donde la ambigüedad se ha convertido en norma. Y donde la diferencia entre decir y hacer, entre defender y permitir, resulta mucho más decisiva de lo que parece.

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Escrito por
David Gil

David Gil ha colaborado en varios medios digitales. Ha sido Presidente de VOX en Baleares. En la actualidad es Portavoz adjunto de VOX en el Consell de Mallorca.

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