La misión Artemis II ha marcado un hito histórico al devolver a la humanidad a las inmediaciones de la Luna más de medio siglo después del programa Apolo. No fue un alunizaje, pero sí algo que llevaba décadas sin ocurrir: un viaje tripulado más allá de la órbita terrestre baja, hacia el espacio profundo.
A bordo de la nave Orion, los astronautas Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen protagonizaron un vuelo que no solo puso a prueba la nueva generación de tecnología espacial, sino que también simbolizó el regreso de una ambición que había permanecido en pausa durante más de 50 años.
Más allá de la misión en sí, Artemis II dejó una historia marcada por perfiles muy distintos: pilotos de combate, ingenieras, exploradores de entornos extremos… cuatro trayectorias que confluyeron en un mismo destino, la Luna.
Reid Wiseman
Reid Wiseman no es solo un astronauta que ha orbitado la Tierra o que ahora comanda una misión alrededor de la Luna. Es, sobre todo, un hombre que ha tenido que aprender a navegar algo mucho más complejo que el espacio: su propia vida.

Nacido en Baltimore y con una carrera impecable en la Marina estadounidense, donde voló cazas y participó en operaciones militares reales, Wiseman parecía destinado a una trayectoria de manual. Ingeniero, piloto, seleccionado por la NASA en 2009… todo encaja. Pero su historia cambia de tono cuando se apagan los focos.
Durante su vida personal sufrió una pérdida durísima: su esposa, enfermera especializada en cuidados intensivos de recién nacidos, falleció. Desde entonces, Wiseman ha tenido que asumir el papel de padre en solitario de sus dos hijos. Y aquí viene lo más revelador: él mismo considera que esa etapa, con todo lo que implica, ha sido el mayor desafío… y también lo más gratificante de su vida.
Wiseman sufrió una pérdida durísima: su esposa, enfermera especializada en cuidados intensivos de recién nacidos, falleció. Desde entonces, Wiseman ha tenido que asumir el papel de padre en solitario de sus dos hijos.
No es el típico perfil frío de astronauta perfecto. Tiene una forma muy concreta de enfrentarse a los problemas: cuando algo se le resiste, recurre a libros de expertos, como si cada reto fuera una misión que hay que estudiar antes de ejecutar. Vive en “modo aprendizaje continuo”, siempre buscando mejorar, como si su mente estuviera en beta permanente.
En su primera misión espacial, además de hacer ciencia y caminar por el espacio durante horas, mostró algo poco habitual: abrió una ventana emocional al público. Compartía en redes sociales lo que sentía, no solo lo que hacía. No solo enseñaba el espacio… enseñaba cómo se vive desde dentro, con esa mezcla de asombro y vulnerabilidad de alguien que está ahí por primera vez.
Y hay otro detalle bonito: su viaje a la Estación Espacial Internacional lo hizo acompañado de dos de sus mejores amigos. Sí, amigos de verdad. Como si, entre motores, cálculos y órbitas, también hubiera espacio para algo tan terrenal como la amistad.
Victor Glover
Victor Glover es de esos perfiles que parecen diseñados para no encajar en una sola etiqueta. Astronauta, piloto de combate, ingeniero… sí. Pero también padre de familia numerosa, viajero constante y alguien que ha vivido media vida con una maleta siempre medio abierta.

Nacido en California, Glover no solo destacó en los estudios: también fue deportista en dos disciplinas mientras sacaba adelante su carrera universitaria. Ese equilibrio entre mente y cuerpo, entre disciplina y energía, parece haberle acompañado siempre, como si nunca hubiera querido elegir entre ser preciso o ser intenso.
Su vida personal tiene ese punto caótico y bonito de las familias grandes: está casado y tiene cuatro hijos. Cuatro. Lo que, si lo piensas, probablemente sea más exigente que cualquier simulador de la NASA. Entre misiones, entrenamientos y destinos militares, su familia ha vivido en múltiples lugares de Estados Unidos… y también en Japón. Una vida nómada, casi de película, pero con deberes del cole de fondo.
Hay un detalle especialmente llamativo de Victor Glover: antes de ser astronauta, trabajó dentro del Senado de Estados Unidos. Sí, pasó de los cazas a los pasillos políticos.
Y luego está su carrera, que parece escrita con un bolígrafo sin tinta de pausa: más de 3.500 horas de vuelo en más de 40 aeronaves, misiones de combate, aterrizajes en portaaviones (más de 400, que no es precisamente un parking fácil), y pruebas de vuelo con aviones de última generación.
Pero lo curioso no es solo la cantidad… es la variedad. Ha volado tanto que su experiencia parece un catálogo aéreo.
Hay un detalle especialmente llamativo: antes de ser astronauta, trabajó dentro del Senado de Estados Unidos. Sí, pasó de los cazas a los pasillos políticos. Un contraste brutal. Como si en su vida cupieran tanto el ruido de los motores como el silencio estratégico de los despachos.
Cuando llegó al espacio, no fue de paseo. En su primera misión pasó 168 días fuera de la Tierra y realizó varias caminatas espaciales. Y en la Artemis II, se alejó más que nunca: más de 250.000 millas de casa, en un viaje que devolvía a la humanidad a las cercanías de la Luna tras más de medio siglo.
Christina Koch
Christina Koch no parece alguien que haya elegido una sola vida. Más bien da la sensación de que ha ido acumulando varias: ingeniera, exploradora, aventurera polar… y, por supuesto, astronauta.

De pequeña pasaba los veranos en la granja familiar en Michigan. Allí, entre trabajo duro y rutinas sencillas, se le quedó grabada una idea que luego marcaría todo lo demás: los desafíos no se evitan, se buscan. Y si pueden ser incómodos, mejor.
Porque lo suyo no es solo el espacio. Antes de mirar a las estrellas, decidió irse justo al otro extremo: la Tierra más inhóspita. Ha vivido en la Antártida durante un invierno completo, aislada en una base científica donde el frío no es un dato, es un personaje. Allí no solo hacía ingeniería… también formaba parte de equipos de rescate y de bomberos. Sí, en medio del hielo eterno.
Christina Koch ha vivido en la Antártida durante un invierno completo, aislada en una base científica donde el frío no es un dato, es un personaje. Allí no solo hacía ingeniería… también formaba parte de equipos de rescate y de bomberos.
Y cuando no estaba en el Polo Sur, se movía por otros rincones igual de extremos: el Ártico, Alaska, Samoa Americana… Su vida, antes de la NASA, ya parecía una colección de lugares donde la mayoría no aguantaría ni una semana.
Luego llegó el espacio. Y no fue una visita breve: estuvo 328 días seguidos fuera de la Tierra, un récord femenino. Casi un año flotando, trabajando, viviendo en una estación que nunca se detiene. Y además, protagonizó algo histórico: participó en los primeros paseos espaciales formados solo por mujeres.
Pero hay otro detalle que la define muy bien: fuera del trabajo, no se “desactiva”. Surf, escalada en roca y hielo, triatlones, yoga, mochilas al hombro, fotografía… su lista de hobbies parece la de alguien que no entiende el concepto de quedarse quieta.
Jeremy Hansen
Jeremy Hansen es, en esencia, un tipo que empezó soñando con volar… y acabó apuntando directamente a la Luna. Literalmente.

Nació en Ontario y creció en una granja, un detalle que no es menor. Porque entre campos, rutinas y trabajo constante, se forjó esa mezcla de disciplina y calma que luego parece imprescindible cuando tu oficina está a cientos de miles de kilómetros de casa.
Pero lo realmente curioso es lo pronto que empezó todo. Con 12 años ya estaba metido en los cadetes del aire, a los 16 pilotaba planeadores y a los 17 ya tenía licencia de piloto. Mientras otros estaban pensando qué estudiar, él ya estaba despegando. Su vida no empezó en una pista… empezó en una carrera de despegue que nunca ha frenado.
Su trayectoria tiene ese aire de videojuego donde cada nivel es más raro que el anterior: Piloto de combate en CF-18, operaciones del NORAD (defensa aérea), Vuelo en condiciones extremas en el Ártico… y de repente… giro inesperado: astronauta.
Con 12 años ya estaba metido en los cadetes del aire, a los 16 pilotaba planeadores y a los 17 ya tenía licencia de piloto. Mientras otros estaban pensando qué estudiar, él ya estaba despegando.
Pero ojo, que aquí viene lo bueno. Antes de volar al espacio, Hansen se entrenó en lugares que parecen sacados de una saga de ciencia ficción:
- Vivió seis días bajo tierra en una cueva en Cerdeña simulando misiones espaciales.
- Pasó una semana en el fondo del océano, dentro de un hábitat submarino, entrenando como si estuviera en otro planeta.
Es decir, antes de ir al espacio, se fue a todos los sitios donde el ser humano no está hecho para vivir. Como si quisiera probar todos los extremos antes del definitivo.
Y hay un detalle que dice mucho de él: fue el primer canadiense en liderar una promoción de astronautas de la NASA. No solo llegó… sino que le dieron las llaves del grupo.
En lo personal, su historia tiene ese equilibrio que no es fácil: está casado y tiene tres hijos, y ha tenido que integrar algo tan descomunal como una misión lunar dentro de una vida familiar real. No es solo “voy a la Luna”, es “voy a la Luna… y luego vuelvo a casa a cenar con mis hijos”. En los vídeos familiares se ve algo muy poco habitual: la misión no es solo suya, es de todos.
Fuera del traje espacial, no se queda quieto: vela, escalada, mountain bike… siempre en movimiento, siempre en terreno cambiante. Como si necesitara sentir que el mundo se mueve bajo sus pies… incluso cuando está lejos de él.
Y ahora llega el momento histórico: será el primer canadiense en viajar hacia la Luna. No pisarla todavía, pero sí acercarse lo suficiente como para verla como muy pocos humanos lo han hecho.
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