Lo voy a decir una vez más, aunque no sirva de mucho, bueno, de nada. Es duro decirlo, pero sospecho, intuyo, sé que es así. Es más, los que se sientan aludidos por esta sentencia que voy a escribir, ¡ya!, en nada, son la excepción que confirma la regla, es decir, mi sentencia: en esta isla no hay una sola persona que llore por el descenso del Real Mallorca.
Hoy, en Valencia, han quedado demostradas un montón de cosas. Una, que nuestro ‘Mallorqueta’ se merece descender. Dos, que en ningún momento dieron la impresión de ser un equipo capaz de salir a flote, pues se han ido hundiendo poco a poco, con su escaso (o cero) fútbol y la sensación de que alguien les ayudaría. Ellos, como acaba de decir Darder, han sido incapaces de salir a flote y responder al cariño de la gente.
Es posible que el Real Mallorca no tenga plantilla para Primera, pero es que eso se veía venir a lo largo, sobre todo, de la última vuelta. La aparición de Demichelis o el despido de Arrasate ha formado parte de todo este caos. Y, lo peor de todo, en ningún momento desde los despachos de Son Moix han dado muestras de que lo que más les interesaba era el fútbol, el juego, el balón.
Mallorca, la isla, su sociedad, su maravillosa calidad de vida, esa sensación de bajar la persiana a las 17.00 horas del viernes y subirla a las 09.00 del lunes, se suele transmitir a la comodidad con la que el deporte de élite se comporta en Mallorca donde, realmente, la pasión por el deporte jamás ha existido, convertido, eso sí, en un entretenimiento más. En Mallorca, ni siquiera se cumple ese dicho de que “el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes”.
Es posible, insisto, que esta dejadez intencionada, esta indiferencia por parte de miles de habitantes de la isla, donde ni el deporte ni el fútbol forman parte de sus inquietudes, ni siquiera conversaciones, se haya traducido, especialmente, en las últimas décadas, en una indiferencia total, absoluta, para convertir al Real Mallorca en un puntal de la isla, tanto a nivel deportivo como institucional y social.
El club pertenece a un empresario norteamericano, que ni siquiera ha pisado la isla, lo que ya demuestra la indiferencia, no de los muchos ricos mallorquines que existen y podrían sentir (cierta) pasión por el ‘Mallorqueta’. Nada más lejos de la realidad, entre otras razones, tal vez, porque ellos mismos, los poderosos, los ricos, han visto cómo está terminando la etapa, la prolongada época, de Florentino Pérez.
Está bien, estupendo, que desde Darder a Demichelis pidan disculpas, se arrodillen ante la afición. Pero, desgraciadamente, es tarde, muy tarde. Y, cuando uno acaba descendiendo tras 38 jornadas, no hay nada, absolutamente nada, que consuele a esos pocos miles de aficionados, de rojillos, que aman esta institución.
Existen los milagros, por descontado, pero el que le espera o desea el Real Mallorca parece algo más que un milagro. Son dos, tres y hasta cuatro juntos.
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