Hubo un tiempo en que sentarse a una mesa significaba algo más que comer.
Alrededor de ella se discutía. Se contaban historias. Alguien decía una barbaridad y otro le llevaba la contraria. Se hablaba de política, del trabajo, de los hijos, del vecino o del precio de las cosas. Un café podía enfriarse mientras una conversación seguía caliente. A veces terminábamos sin ponernos de acuerdo. Y no pasaba nada.
No quiero idealizar aquellos tiempos. También había silencios, discusiones absurdas y personas incapaces de escuchar a nadie. Pero había algo que hoy empezamos a perder: tiempo para sostener una conversación.
Ahora podemos estar cinco personas alrededor de una mesa y, de pronto, cuatro miran una pantalla.
Nadie se ha levantado. Seguimos físicamente allí. Pero durante unos segundos hemos abandonado la mesa para comprobar un mensaje, responder un WhatsApp, mirar una noticia o ver un vídeo que probablemente habremos olvidado antes de terminar el café.
Y repetimos ese gesto decenas de veces al día.
Nunca habíamos tenido tantos lugares donde expresarnos y quizá nunca habíamos dispuesto de tan poco tiempo para detenernos en lo que recibimos.
Leemos un titular y opinamos. Vemos treinta segundos de un vídeo y opinamos. Alguien escribe una reflexión y respondemos con un pulgar, un corazón o una cara enfadada.
Hemos conseguido reducir conversaciones enteras a pequeños dibujos amarillos.
Pero sería demasiado fácil culpar al teléfono, a TikTok, a WhatsApp o a cualquier otra aplicación. El teléfono no piensa por nosotros. El problema comienza cuando trasladamos la velocidad de la pantalla a nuestra manera de pensar.
Porque pensar necesita tiempo.
Y escuchar también.
Escuchar de verdad no consiste en permanecer callado mientras el otro habla y preparar entretanto nuestra respuesta. Escuchar significa conceder durante unos instantes una posibilidad incómoda: que quizá no tengamos toda la razón.
Quizá tú también estés leyendo estas líneas deprisa.
Quizá tengas otro mensaje esperando. Otro vídeo. Otra noticia. Otra notificación.
Quizá tu dedo ya esté preparado para continuar.
Pero no pases todavía.
Hace mucho tiempo que alguien no te pide solamente dos minutos para pensar.
No quiero decirte qué debes pensar. Quiero proponerte algo bastante más difícil: que formes tu propia opinión, sin que nadie te la haya servido ya resumida y preparada para que elijas inmediatamente un bando.
Tenemos cientos de contactos, decenas de grupos y miles de mensajes al alcance de la mano. Podemos comunicarnos con alguien situado al otro lado del mundo en cuestión de segundos.
Tal vez lo verdaderamente revolucionario ahora sea algo mucho más sencillo.
Sentarnos.
Escuchar.
Y quedarnos un poco más.
Antes de pasar al siguiente mensaje, hazte solamente una pregunta:
¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a alguien y pensaste: quizá tenga razón?
Quizá la conversación nunca desapareció.
Seguía allí, esperando.
Fuimos nosotros quienes dejamos de sentarnos a la mesa.
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