Así me lo contaron y así os lo cuento. Resulta que aquel viejo aprendiz de todo no vendía paraguas, ni seguros, ni electrodomésticos, ni libros, ni antigüedades. Su mercancía era, me dicen, mucho más ligera que el aire, y más pesada que la culpa. Años ha, el viejo había ejercido de ermitaño, había intentado vender ilusiones perdidas, lo despidieron y ahora es vendedor de sombras.
Instalado en su casi olvidada tiendecita, situada en un oscuro, maloliente y solitario callejón, de lo poco que queda en pie del antes fascinante barrio gótico. Todavía conserva su descolorido y desvencijado rótulo colgado en el dintel de la puerta de entrada. Solo se deja leer, me cuentan, los días de luna nueva. El establecimiento ofrece al visitante una más que turbadora gama de productos en exclusiva. Sombras humanas sin humano; sombras de animales extintos; sombras que se niegan a seguirte. Y la más cara de todas, tu propia sombra, pero, sin ti.
Solo se debe cumplir un requisito. Todo comprador debe firmar previamente, sobre piel envejecida y con tinta de color negro, un contrato que indica que, “toda sombra conlleva eco. Y todo eco es un regreso”.
Un día ya un tanto lejano entró en la tiendecita un joven, escritor frustrado, buscando inspiración. El vendedor le ofreció una sombra alargada, muy elegante, que murmuraba mil ideas al oído. El joven la compró sin dudar, estaba encantado, salió de la tiendecita feliz y radiante.
Durante semanas escribió como un poseso. Relatos perfectos, frases geniales, giros brillantes. Pero con cada página escrita, su reflejo en los espejos se tornaba más pálido, mientras su sombra se veía más nítida.
Un amanecer la sombra se separó de su cuerpo y se fue caminando, dejando al joven escritor helado frente al espejo. Mientras tanto, en la tiendecita, una nueva sombra descansaba en el escaparate, sonreía ligeramente.
Digamos, que el negocio del viejo aprendiz de todo prosperaba. Aquella semana, sin ir más lejos, había logrado vender dos sombras. Una a la bella actriz que quería desaparecer para siempre de las fotos y otra a un político de izquierdas corrupto que deseaba con todas sus fuerzas que nadie le reconociera. El otrora ermitaño siempre advertía a los compradores que, “las sombras no son esclavas. Algunas son recuerdos que aún respiran”.
Pero no todos escuchaban. Aquella madrugada, mientras la espesa niebla se filtraba por las rendijas de la puerta de entrada a la tiendecita casi olvidada, como elegantes y sigilosas ladronas, todas las sombras se escaparon. Nadie sabe a ciencia cierta si fue debido a un conjuro mal sellado, un maldito eclipse o, simplemente, la voluntad de cientos de sombras aún no vendidas. El caso es que todas salieron reptando, colgándose de las farolas, u ocultándose bajo la cama de todos aquellos que ya no la tenían.
Una bella mujer encontró a su sombra abrazada a una hermosa gatita atigrada. Un banquero, ladrón de guante blanco, descubrió que la suya proyectaba gestos que él nunca había hecho. A todo esto, el joven aprendiz de escritor apareció en la tiendecita, realmente el otrora ermitaño le estaba esperando. Sabía que el equilibrio se había roto. Y entonces una antigua sombra apareció en la parte central del pequeño establecimiento.
Era la suya. “Vienes a por mí”, dijo el joven. “O vienes a por todos”. Mientras tanto, las calles del barrio se llenaron de sombras en procesión. Algunas buscaban regresar, otras vengarse y, otras, simplemente querían ser libres.
Esa misma noche el cartel de la tiendecita se cayó al suelo y se rompió en mil pedazos. Solo quedó una frase grabada en la pared. “Quien vende lo visible, cosecha lo eterno”.
Desde el incidente todo había cambiado. El tiempo se tornó mucho más espeso, los relojes se adelantaban o se atrasaban sin una lógica explicación, y las calles proyectaban sombras sin fuente alguna, como si el sol también estuviera confundido.
Pasó el tiempo y, la pequeña tiendecita, ahora clausurada, se había convertido en un importante y silencioso punto de encuentro. Extraños peregrinos llegaban desde lugares muy remotos. Poetas con ojos velados, niños que nunca hacían ruido al caminar y ancianas que hablaban con los reflejos de los charcos de agua formados tras la lluvia. Todos buscaban lo mismo, “la sombra que perdí”.
Una de las buscadoras de su propia sombra, una muchacha con acento extranjero, llevaba una caja sellada bajo el brazo. Decía que contenía la sombra de alguien que había firmado y rubricado un pacto de fama efímera. La muchacha quería devolverla, pero no encontraba el cuerpo al que pertenecía.
Mientras tanto, las sombras huérfanas vagaban por la ciudad. Algunas se escondían en bibliotecas, otras se acurrucaban bajo los bancos de parques o jardines. Una incluso se dejó adoptar por una hermosa y reluciente gatita negra. Se decía que aquellas sombras que no encontraban a su dueño, “pasadas siete lunas, elegirían a uno nuevo”.
Y aquella noche sin estrellas, una silueta oscura emergió del empedrado. Era el viejo dueño de la tiendecita. Ciertamente, lo que quedaba de él. Ya no tenía ni cuerpo ni voz, pero las paredes se inclinaban ligeramente a su paso. Regresaba a buscar su nombre. Porque una sombra sin dueño se disuelve al amanecer.
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