Hay veces que uno mira hacia el campo, hacia esa España de bancales, caminos de tierra y campanarios que marcan las horas, y siente que el país se le va. No se va por el AVE ni por la emigración, ni siquiera por las promesas que nunca llegan. Se va porque nadie parece querer mirar hacia allí. Todo lo que huele a campo suena antiguo. Todo lo que suena antiguo molesta. Y lo que molesta, mejor esconderlo, ¿no?
Me acuerdo de Pastoral americana, esa novela de Philip Roth que cuenta cómo una familia aparentemente perfecta se descompone cuando la hija, nacida en cuna de orden y aspiraciones, se radicaliza y dinamita todo. Aquí no hacen falta bombas: bastan pantallas, ministerios creativos y una alergia generalizada a cualquier cosa que huela a tradición. Bastan generaciones que, educadas entre campañas institucionales y una historia picoteada, ya no saben muy bien si sentirse orgullosas o pedir perdón por haber nacido aquí.
Pero volvamos al campo. Esa pastoral española de casas encaladas, misas al aire libre, nietos que heredan la tierra sin rechistar y vecinos que se conocen desde hace cincuenta años. Esa vida que no tiene trending topics ni subvenciones, pero sí memoria, sentido común y una manera de estar en el mundo que, francamente, molesta. Porque no entra en el Excel de ninguna consejería. Porque no se mide en clics.
Nos hemos acostumbrado a hablar del pueblo como si fuera un decorado: bonito para ir el fin de semana, para hacerse una foto con la abuela, para fingir que uno se acuerda de sus orígenes. Pero no se habla de sus escuelas cerradas, ni de los médicos que no llegan, ni del desprecio sutil —o no tan sutil— con el que se trata a quien todavía dice “Dios mediante” sin que se le caigan los anillos.
El problema, quizá, es que se ha confundido progreso con ruptura. Que nos han vendido que para avanzar hay que romper con todo: con la familia, con la historia, con el idioma, incluso con la realidad. Y lo que queda es una especie de limbo emocional donde muchos jóvenes ya no saben si su abuelo fue un fascista, un héroe o un pobre hombre al que la guerra le arruinó la vida. Se les habla de memoria, pero se les entrega olvido.
La pastoral española no es perfecta. No hace falta idealizarla. También tiene sus silencios, sus sombras, sus manías de pueblo chico. Pero tiene algo que escasea: una brújula. Una idea de lo que está bien y lo que está mal, aunque no lo diga un ministerio. Una manera de enseñar respeto sin necesitar un manual de convivencia.
Y, sobre todo, tiene algo que se está perdiendo: continuidad. Hijos que entienden a sus padres, madres que no temen educar, abuelos que no necesitan justificarse. Todo eso suena simple, pero en estos tiempos es casi revolucionario.
No hace falta militar en nada para ver que algo se rompe. Y que en medio de tanta ruptura, la España que sobrevive en el campo, con sus valores, sus rezos, sus silencios y sus estaciones marcadas por la cosecha, es más necesaria que nunca. No para encerrarse en ella, sino para recordar que no todo lo viejo estorba, y que no todo lo nuevo salva.
A lo mejor no se trata de volver atrás, sino de no perder lo que aún nos sostiene.
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