Nadie, absolutamente nadie, ni siquiera en Buenos Aires, Mar del Plata o la Patagonia, puede discutir que España ha sido un campeón mundial más que merecido. Podríamos argumentar que su camino para llegar a la final ha sido más duro que el del subcampeón porque en su camino no tropezó con Egipto o Suiza. Sin menospreciar a nadie, tuvo que apartar las pesadas piedras de Portugal y Francia, pero ciñámonos a lo esencial: el partido terminó y el fútbol, que muchas veces no es solamente injusto, sino cruel.
El balón hubiera prevaricado si la victoria no hubiera llegado antes de los penaltis, único recurso que la hasta ayer tesorera de la Jules Rimet buscó desde el primer minuto, porque en dos horas de un juego que solo practicaron los de Luis de la Fuente no dispararon una sola vez contra la portería defendida por Unai Simón y, a duras penas, lograron pasar del centro del campo, donde un imperial Rodri, MVP del torneo, dirigió la orquesta que Leo Messi tuvo que escuchar sin entender su partitura.
No fue la noche de Oyarzábal, tampoco la de Fabián; de hecho, no ha sido el campeonato de Lamine Yamal, el más esperado, sino el éxito de una Selección, de un grupo, de un EQUIPO que no ha desfallecido ni ha dejado de confiar en sí mismo en cada uno de los siete partidos disputados, en una línea ascendente hasta coronar la cima. Resulta casi imposible un análisis individual porque cualquier referencia particular redundaría en alguna comparación desigual.
Estos chicos, Cubarsí, Yamal o Nico, rondan apenas los 20 años. No solamente han mostrado su talento, sino un control emocional muy complicado a su edad y en compromisos de tal calibre. Dicha reflexión nos hace pensar que la segunda estrella que lucirán en su camiseta durante muchos años podría no ser la última, porque esta Selección tiene cuerda para hoy y también para mañana.
La ilusión de unos se sobrepone a la lógica decepción de otros. «De los segundos nadie se acuerda», afirmaba Luis Aragonés. Tenía razón y, en este caso, es mejor así, porque plantarse en una final sin otro recurso que fiar el triunfo al azar será un borrón en el historial de la Albiceleste. La página que ha escrito la Roja reluce con letras de oro.
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