Infantino, el presidente de la FIFA, ojalá que por pocos días, se atreve con todo, desde escuchar a su homólogo de Estados Unidos hasta donde no debiera, a montar un espectáculo en el intermedio de la final para imitar a la Super Bowl, aunque fuera a costa de prolongar el descanso 30 minutos que, afortunadamente, se han reducido a 17. Bajar el telón del Mundial más caro, proceloso y oscuro de nuestras vidas, además del más largo, no admite más celebración que la del vencedor.
La ilusión de la victoria alumbra la esperanza y la fe de los millones de personas que se alinean en cada bando, pero solo puede ganar uno. «Dos entran, uno sale», como en una de las películas de Mad Max. No habrá sorpresas. Ni España va a cambiar su estilo, perfectamente orquestado y definido, ni Argentina el suyo, más de choque y en un buen porcentaje orientado a la inspiración del más grande: Messi. Más importante que imponerle un marcaje severo, inútil según Luis de la Fuente ya experimentó en el pasado, es procurar que sus compañeros no le encuentren, no le vean. La posesión, tantas veces denostada, tal vez cobre más importancia que nunca.
Lo que hemos visto a lo largo de estas semanas impide pasar de largo sobre el arbitraje. La selección albiceleste llegó a semifinales generando más dudas que certezas. Lo saben en Egipto, lo recuerdan en Suiza y no olvidemos que Leo debió ser expulsado, no vio ni amarilla, ya en el primer partido, pese a que la goleada sobre Argelia tapó la boca que la nueva reglamentación no permite ocultar en el campo, pero sí en los medios. El árbitro esloveno Slavko Vinčić, designado para el evento, podrá equivocarse o no; cada contrincante lo verá bajo el color de su camiseta, pero su gran responsabilidad será convencernos de que, bajo el manto gigantesco del fútbol, todavía sobrevive un rincón de integridad.
Que el triunfador sepa ganar y el derrotado, perder. Suele ser más difícil aquello que esto. Un deseo e incluso un ruego necesario que no va dirigido solamente a los protagonistas, sino a la grada y más allá. Vivamos un día en el que destaquen los valores del fútbol y no las frustraciones de la sociedad global y el populismo campante. Una jornada de inflexión que no obligue a la reflexión.
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