A mí ya me mosqueó que, en la fiesta que organizó el Real Mallorca para celebrar los primeros 10 años de la nueva propiedad (2016-2026), nadie, nadie abriera la boca para mencionar el difícil momento que estaba, está, atravesando el equipo.
Hubo discursos para todos los gustos y, por descontado, un montón de elogios y agradecimientos a estos norteamericanos ricos que se han comprado uno de los pedazos más representativos de las Islas Baleares, su histórico club de fútbol.
Yo creo, la verdad, que, entre tanta celebración y parabienes, hubiese sido muy adecuado soltar, no sé, algo así como “todo el mundo sabe que nuestro deseo es mantenernos en Primera División y tanto Jagoba Arrasate como nuestra plantilla saben que, pese a las dificultades, estamos convencidos de que lo lograremos un año más”.
Nada. Todos mudos. Ni Pablo Ortells, Director de Fútbol; ni Alfonso Díaz, CEO de Negocio; ni, por descontado, Andy Kohlberg, dueño del Mallorqueta, soltaron prenda, dijeron absolutamente nada de la angustia que empezaba ya a notar la hinchada rojilla y que, ahora, ya es más que preocupante.
No sé si, en aquellos días, Ortells ya estaba dándole vueltas a la posibilidad de proponerlo a Díaz, el señor de los dineros, cargarse al bueno de Arrasate, como punto de inflexión o, simplemente, para señalarle como el culpable de que el equipo esté en puestos de descenso.
Parece muy tonto, desde luego, que alguien que ha confeccionado la ‘no’ plantilla de este Real Mallorca y que, en el mercado de invierno, no solo ha demostrado una enorme incompetencia sino el desprecio a poder actuar, reconozca que la culpa es suya por haber ofrecido a Arrasate tan escaso y pobre material humano (y futbolístico).
Los hay, desde luego, entre los que me encuentro, que admiran a Arrasate por la extraordinaria persona que es. Tal vez seamos los mismos que consideramos que debió levantar la voz (bueno, sí, sí, sí lo hizo nada más acabar la pasada temporada) para exigir serios refuerzos.
No llegaron, ni en verano, repito, ni en enero y él siguió trabajando con lo que tenía. Y continuó sin levantar la voz, sin señalar a nadie y tratando, en efecto, de que se notase lo menos posible que era el único equipo que no se había reforzado ante la adversidad.
Y se lo acaban de pagar con el despido. Con dinero, sí, pues aún tenía un año y medio de contrato, pero con el despido. Esperemos que al próximo entrenador no se le ocurra llamar a Arrasate antes de firmar, pues si lo hace, tal vez no firme, pues es muy posible que, entonces sí, Arrasate levantaría la voz para impedir que un colega aceptase semejante encerrona.
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