La lógica es a su fragilidad lo que al fútbol su grandeza. Con la primera en la mano, el Mallorca no tenía ninguna posibilidad de sacar adelante este partido asesino de muchas quinielas, pero si uno potencia sus virtudes, por pocas que sean, y el otro agranda sus defectos, no hay estadística que se resista. El Real Madrid menospreció la calidad de su anfitrión en aras de su delicada clasificación y se equivocó al creer que dos o tres ramalazos de Mbappé, que los tuvo, le iba a bastar para lograr su objetivo, que empezó centrado en la victoria y terminó rezando por un empate. Leo Román despertó al fin para abortar las ocasiones del francés y, mientras Muriqi peleaba con sus emociones, apareció por fin el Sergi Darder que todos esperábamos algún día, para poner luz y taquígrafos en un equipo necesitado de alma.
Demichelis no teme a la muerte. Volvió a confiar en Maffeo, se inventó a Mascarell como central en sustitución de Raíllo y puso al de Artá al mando como la punta más retrasada del rombo con el que ha sorprendido a parroquianos y externos. Con Samu y Morlanes en ambos lados, Pablo Torre era el más adelantado de los cuatro. Los mismos que, en otra disposición, Arrasate ya había alineado juntos en el Santiago Bernabéu. Luvumbo, combativo, ponía en evidencia uno de los puntos débiles capitalinos, una zaga en permanente zozobra.
Con el gol de Morlanes era previsible una segunda mitad de asedio sobre el área mallorquinista. Curiosamente, y pese a la integración de Vinícius y Bellingham con Mbappé de delantero centro, empeoró. Arbeloa fue incapaz de sacar a los suyos del embudo dibujado por su oponente porque, entre otras razones, se limitó durante toda la tarde a atacar por un solo flanco, el izquierdo, sin buscar alternativas por el otro lado. Así facilitaba el repliegue local, cuyos defensores no se andaban con chiquitas a la hora de achicar el agua. Leo Román no tuvo que intervenir con peligro en ninguna otra oportunidad.
El rombo cambió a un 4-4-2 con los relevos dictados desde el banquillo. El cronómetro avanzaba al son del uno a cero sin que las rutilantes estrellas aparecieran sobre el césped de Son Moix. No hallaron ni el pase ni ganaron la línea de fondo que buscaban con insistencia. Sin embargo, lo bonito estuvo a punto de irse al limbo al conectar Militao un cabezazo por encima de Antonio Sánchez como espectador de excepción. El punto era de plata para ambos, pero Muriqi ya había tenido bastantes disgustos en diez días. Se reivindicó al convertir en oro el servicio de Mateu Joseph para desatar el delirio y poner tres puntos, quizás de platino, en el casillero.
La fe mueve montañas y son las victorias las que atraen como imanes el apoyo de la afición, la moral de los jugadores, la autoridad del cuerpo técnico y, dado el caso, el aislamiento de los neófitos. Es la fuerza la que une y no al revés. Es el equipo quien tiene que ganarse los aplausos que se reclaman tópicamente desde los despachos. Del terreno de juego a la grada, nunca al revés.
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