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Al cruzar por debajo del arco

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Ahora no recuerdo quién me lo dijo. Lo cierto es que, al final de aquel sendero que nadie recuerda haber cimentado, existe un jardín que solo aparece, dicen, cuando el mundo decide hacer una pausa. Sus verjas no se abren a cualquiera, es el propio jardín quien elige. Y aquella mañana eligió a Lía.

A decir verdad, Lía no buscaba nada extraordinario. Caminaba para despejar la mente, arrastrando pensamientos que pesaban más que su mochila. Pero cuando la bruma se disipó como si gozara de voluntad propia, observó un arco de ramas entrelazadas que nunca había estado allí. Del otro lado, un resplandor verde la invitaba a pasar.

Al entrar en el jardín todo cambió. Olía a lluvia reciente, aunque el cielo estaba despejado. Las flores parecían murmurar entre sí, como si compartieran chismes de historias de siglos atrás. Un rosal azul inclinó sus pétalos hacia ella. Lía extendió su mano y, al tocarlo, sintió un latido suave.

—Bienvenida —sonó una voz que parecía venir de todas partes y de ninguna.

No había nadie, pero el jardín entero vibró con una calidez que la envolvió. Los árboles inclinaban sus ramas para formar caminos que se abrían y se cerraban según avanzaba. Cada paso revelaba algo nuevo: un estanque donde no se reflejaba el cielo; un banco de mármol que se adaptaba a quien quería sentarse; luciérnagas que dibujaban símbolos fugaces en el aire.

Lía comprendió que aquel lugar no era un refugio cualquiera. Era un jardín que sanaba. No borraba el dolor, pero lo transformaba en algo llevadero. Cuando el sol comenzó a descender, aquella voz que parecía venir de todas partes y de ninguna habló de nuevo.

—Puedes volver cuando lo necesites. Solo recuerda que la magia existe donde alguien se atreve a sentirla.

Lía salió del jardín por el mismo arco, que desapareció detrás de ella como por arte de magia. El sendero volvió a ser un sendero común, pero ella ya no era la misma. Llevaba consigo un pétalo azul que no se marchitaría jamás.

Lía volvió al día siguiente. No sabía si el arco aparecería de nuevo, pero algo en su interior, una mezcla de intuición y nostalgia por un lugar que apenas había conocido, la empujó a volver a intentarlo.

El sendero estaba igual que siempre, pero el paisaje tenía un color distinto, un olor distinto, daba la sensación de que alguien había espolvoreado luz sobre aquel nuevo mundo, hasta ahora desconocido para ella. Y entonces, sin ceremonias, el arco surgió otra vez, de la nada. En esta ocasión no había bruma; simplemente estaba como si nunca hubiera desaparecido.

Al cruzar por debajo del arco, el jardín la recibió con un murmullo mucho más intenso que la primera vez. Las flores parecían estar emocionadas. Los árboles inclinaban sus ramas efectuando una reverencia juguetona. Pero había algo más. Un silencio profundo, expectante, parecía que el jardín contuviera la respiración.

—Has vuelto —dijo la voz, más clara que antes.

—Claro que he vuelto —respondió Lía, sorprendida de lo natural que le salía hablarle a un lugar—. Me necesitabas.

Sintió un suave temblor bajo sus pies.

—No solo yo. Hay algo que debes ver.

El camino se abrió hacia una zona que Lía aún no había explorado. Allí, en el centro de un claro circular, había un árbol que sí recordaba haber visto. Era enorme, con un tronco plateado como la luna y hojas que cambiaban de color cada vez que Lía parpadeaba. Pero lo más extraño era lo que había a sus pies: una grieta. No era una grieta común, sino una línea oscura de la que escapaba un frío lamento.

—¿Qué es eso? —preguntó Lía, sintiendo un escalofrío.

—Una herida —respondió el jardín—. Algo ha intentado entrar. O salir.

Lía se acercó despacio. La grieta palpitaba, como si tuviera corazón propio. Y entonces lo sintió: una tristeza arcaica, profunda, que no pertenecía a ella pero que la atravesó como una flecha helada.

—¿Puedo ayudar? —preguntó, sin saber muy bien qué ofrecía.

El jardín tardó en responder.

—Tal vez. Pero no estarás sola.

De entre las raíces del árbol lunar emergió una pequeña figura, luminosa, como una luciérnaga con forma humana. Tenía alas de pétalos y ojos que parecían dos gotas de rocío.

—Soy Mila —dijo la criatura—. Y te estaba esperando.

Lía tragó saliva. El jardín encantado acababa de volverse mucho más complicado… y mucho más peligroso. Se fue.

Lía regresó al día siguiente, aunque no estaba segura de si el jardín la recibiría otra vez. Caminó por el mismo sendero, sintiendo cómo el silencio se tornaba mucho más denso a cada paso. Cuando llegó al lugar donde había visto el arco de ramas, el aire vibró como si alguien hubiera tocado una cuerda invisible. Y entonces, allí estaba de nuevo, el umbral verde, esperándola.

Al cruzarlo sintió algo distinto. El jardín seguía siendo hermoso, pero ahora parecía más despierto, como si hubiera estado esperando su regreso. Las flores se inclinaban hacia ella con una familiaridad que la hizo sonreír.

—Has vuelto —dijo la voz, esta vez mucho más clara, casi humana.

Lía giró sobre sí misma, buscando al dueño de aquella voz, de aquella presencia. Fue entonces cuando lo vio: un pequeño ser, no más alto que sus rodillas, con la piel del color de la corteza húmeda y ojos que brillaban como luciérnagas atrapadas en un cristal. Vestía con una capa hecha de pétalos cosidos con hilos de luz.

—Soy Tirio —dijo, inclinando la cabeza—. Guardián del jardín.

Lía parpadeó, sorprendida pero extrañamente tranquila. En aquel lugar, lo imposible parecía tan natural como respirar.

—¿Por qué me eligió el jardín? —preguntó Lía.

Tirio sonrió.

—Porque escuchaste. La mayoría pasa de largo sin mirar. Tú, en cambio, dejaste que el silencio te hablara.

El pequeño guardián la condujo hasta una zona apartada del jardín. Allí, en el centro de un claro, había un reloj de sol cubierto de enredaderas. Pero las sombras no marcaban la hora del día; se movían al ritmo de los latidos del corazón de Lía.

—Este es el corazón del jardín —explicó Tirio—. Refleja a quien entra con sinceridad. Y también le muestra lo que necesita aprender.

Lía observó cómo la sombra temblaba, como si dudara. Sintió un nudo en la garganta. Había cosas que llevaba tiempo evitando, heridas que prefería no mirar.

—No tienes que tener miedo —dijo Tirio, posando una diminuta mano sobre su muñeca—. Aquí, nada te hará daño. Aquí, todo puede transformarse.

El reloj de sol comenzó a brillar, y el claro se llenó de suaves cuchicheos; parecía que el jardín entero respirara como ella. Lía cerró los ojos y dejó que la luz la envolviera. Cuando los abrió, algo había cambiado. No sabía qué, pero lo sentía: una claridad que no recordaba haber tenido.

—Este es solo el comienzo —dijo Tirio—. El jardín tiene más caminos para ti.

Cuando salió del jardín, el mundo parecía igual, pero no lo era. O quizá era ella quien había cambiado. Caminó despacio, saboreando el aire, sintiendo que cada paso tenía un propósito que antes no veía.

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Escrito por
José María Ibáñez

Escritor e investigador de temas relacionados con los enigmas y misterios de la Historia. En la actualidad dirige y presenta el programa La Realidad Oculta en Radio Balear, colabora en esRadio Baleares con La Mano Negra, sección semanal dedicada a las crónicas negras, enigmas, misterios y curiosidades y dirige el blog de investigación La Realidad Oculta (balearoculta,blogspot.com). Ha publicado los siguientes libros: El Delfín y la Estrella. Vida de Antonio Ribera (Tot Editorial. Barcelona. 1995), Enigmas y Misterios. 13 Lugares Malditos (Es Ediciones. Madrid. 2009), 13 Profecías Ocultas (Es Ediciones. Madrid. 2009), Los Correctores del Destino, el rumor no siempre está equivocado (La Niebla Ediciones. Mallorca. 2011), en colaboración con Vicenç Zanón, Templarios en Mallorca (Ediciones Dédalo. Barcelona. 2013), en colaboración con Juan Manuel Ruíz Fernández, y La vuelta a Mallorca en 80 rutas (Editorial Gâlata Books. Mallorca. 2017), La vuelta a Mallorca en 80 rutas -Segunda edición, ampliada y actualizada- (Anima Ignis Ediciones. Madrid. 2021) y La Mano Negra (Anima Ignis Ediciones. Madrid. 2023).

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