No se trata de comparar voluntades, proyectos o propósitos, que también, sino básicamente de confrontar modelos. Lo que ha hecho el presidente de Abanca, Juan Carlos Escotet, con el Deportivo no es ni más ni menos que lo que nos hubiera gustado que ocurriera en el Mallorca pero Andy Kohlberg, mucho menos sus ejecutivos al mando, no ha entendido en ningún momento.
Después de ocho años en el desierto de segunda división y cinco incluso en un infierno más profundo, el Coruña, que así se le denominó siempre, ha regresado a Primera con la firme decisión de no abandonarla en mucho tiempo. Se ha saltado el límite salarial impuesto por la Liga de Fútbol Profesional mediante el sistema más directo y transparente, una ampliación de capital que le ha permitido configurar una plantilla capaz, si no de garantizar, de asentarse en el escenario de la permanencia. Aparte de los nueve millones invertidos en el fichaje de Leo Román, los de Aubameyang, Traoré y sus últimos movimientos para incorporar a Giménez (Atlético) y Casadó (Barça), suponen asumir el riesgo de un balance en números rojos como precio a pagar por el objetivo.
Como contraste, en un alarde de incompetencia, el CEO del Mallorca presumió de no haber concedido una prima especial a los jugadores porque continuar en la categoría no constituía solo un objetivo, sino una obligación. Sin embargo el problema mayor no ha sido tamaña racanería sino, como les decía, el formato de club. Mientras en Riazor se ha aumentado el capital, en Son Moix solo se han arbitrado ampliaciones para compensar pérdidas no producidas en aras de dotar a la plantilla de mejores jugadores sino, al contrario, debilitar temporada tras temporada su potencial con tal de reducir su coste.
Sí, Abanca es una empresa gallega convencida de lo que representa para su comunidad reunir dos equipos de élite, Deportivo y Celta, mientras que en Palma ya sabemos cómo terminó Sa Nostra, o el desinterés al respecto mostrado por sus empresarios más relevantes. Eso sí, sin olvidar que los pocos que lo intentaron, desde Jaume Rosselló Pascual a Juan de Vidal y Salvá, Miquel Contestí, Vicenç Grande o Llorenç Serra Ferrer, fueron objeto de oprobio mediático y jamás recibieron el menor apoyo institucional.
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