Hoy me he despertado más temprano de lo habitual, apenas he logrado conciliar el sueño. Todavía no ha salido el sol cuando me dirijo a la playa, a la orilla del mar, justo enfrente de aquella pequeña isla casi siempre rodeada de aguas frías y turbulentas, donde se alza aquel viejo faro, guía de marineros durante muchas generaciones. Alguien me cuenta que, desde hace muchos años el faro permanece abandonado, dejado de la mano de Dios, y sus luces completamente apagadas. Unos pocos habitantes de las poblaciones costeras más cercanas, me cuentan personalmente, entre jarra y jarra de cerveza, que ya nadie se atreve a visitar la isla y entrar en el viejo faro.
Vayamos al meollo de la cuestión. Aquella más que desapacible y oscura noche un tanto lluviosa yo, un apasionado de la aventura y la búsqueda de misterios decido que ya ha llegado el momento de intentar desentrañar, si realmente existen, aquellos secretos que dicen atesora aquel viejo faro abandonado. Equipado con mi linterna, mi inseparable cuaderno de apuntes y aquella vieja llave que unos días antes había descubierto en el interior de aquel arcón de madera en el desván de la casa de mi abuelo, me dirijo rumbo a la isla al mando de aquella lancha fuera borda alquilada.
Desembarco en la isla y asciendo lentamente el camino de la empinada colina hasta alcanzar el faro. El fuerte viento ulula a mi alrededor mientras las olas golpean furiosas contra las rocas. A pesar de todo no me dejo amedrentar. Al cruzar el umbral de la puerta de aquel viejo faro, casi me doy de bruces contra una escalera de caracol que parece no tener fin. Subo a través de los peldaños hasta alcanzar la cima, donde descubro una mesa polvorienta llena de instrumentos náuticos, herramientas y antiguos mapas marinos.
En el centro de la sala distingo un gran cofre metálico cerrado a cal y canto por un candado oxidado. Para abrirlo utilizo aquella vieja llave que, unos días antes, había descubierto en el interior de aquel arcón de madera en el desván de la casa de mi abuelo. El candado se abre con facilidad. Dentro de aquel gran cofre metálico mis manos alcanzan el diario que probablemente había pertenecido al último guardián de aquel viejo faro.
Me siento cómodamente en aquella vetusta mecedora. Poco a poco, sin prisa, pero sin pausa, voy pasando y leyendo sus amarillentas páginas. El diario me revela que, efectivamente, el último guardián de aquel viejo faro acababa de descubrir un arcaico mapa que marcaba la situación exacta, en algún recóndito rincón de la isla, de un tesoro oculto. Sin embargo, temiendo que dicho tesoro cayera en manos equivocadas, el último guardián había apagado las luces del faro y escondido el mapa, antes de abandonar la pequeña isla para siempre.
No queda nada claro si el mencionado tesoro está escondido en la isla. Tampoco se sabe si está hundido o sepultado en el mar, no muy lejos de la costa. Quizás, porque no, oculto en el mismo faro.
Solo me resta añadir que pasé el resto de la noche despierto, pasando las páginas y leyendo atentamente el diario escrito por el último guardián de aquel viejo faro, trazando mentalmente el probable camino a recorrer en busca del tesoro. Hasta que llegó el amanecer. Entonces comprendí las palabras que un día me dijo mi abuelo. “El verdadero tesoro no es el dinero, ni las joyas, ni el oro, sino la libertad, el conocimiento, las aventuras, las leyendas…”, por ejemplo, que atesora aquel viejo faro”.
He regresado a la costa, a la playa, al mando de aquella lancha fuera borda alquilada, con mi linterna, mi inseparable cuaderno de apuntes y aquella llave que unos días antes había encontrado en el interior de aquel arcón de madera en el desván de la casa de mi abuelo.
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