Esta es la historia de un suspiro atrapado. Hace mucho tiempo que lo buscamos en aquel oscuro bazar que, al parecer, pertenece al hombre vestido de negro. Recuerdo haberlo visto hace mucho tiempo bien colocado en el interior de una vitrina cubierta de escarcha, entre una colección de relojes que no marcan la hora, otra de brújulas que no señalan el norte y otra de plumas estilográficas que escriben solas. Allí, también se exhibe, dicen, una botella de cristal negra, tan opaca que ni la luz lograba atravesarla. Su forma es irregular, como soplada por labios temblorosos, y su tapón está sellado con cera roja que nunca se derrite. Dentro de la botella, según el alquimista, reposa un suspiro atrapado, no uno cualquiera, sino el último aliento de alguien que no quería morir.
El suspiro, a todas luces, perteneció a doña Helena, una bella y coqueta mujer madura que, por error, fue sepultada viva durante una noche de eclipse total. Huelga decir que, el alquimista, fue el encargado de inhumar, junto a su dueña, la botella de cristal negra con su propio suspiro atrapado. Luego el alquimista desapareció sin dejar rastro.
Al acercarse a la botella, se siente una fuerte presión en el pecho, el aire se vuelve mucho más denso. Si se escucha con atención, la botella emite un sonido sutil, algo parecido a un sollozo contenido. Algunos visitantes del bazar aseguran que, al tocarla, recuerdan momentos que nunca vivieron, como si el suspiro atrapara memorias ajenas.
El hombre vestido de negro, nunca ofrece la botella negra a los curiosos. Solo a aquellos que han perdido a alguien sin haberse despedido de antemano. Si se rompe el sello, advierte, el suspiro, supongo, buscará otro cuerpo para completar su historia. Y no siempre elije con justicia.
Ahora viene lo más interesante. Junto con la botella negra que, supuestamente, contiene el suspiro atrapado, si es de vuestro interés, se pueden adquirir algunos fragmentos originales del diario propiedad del sepulturero del cercano cementerio. Hallado, no se sabe a ciencia cierta por quien, entre los fríos y húmedos ladrillos del osario. Se trata de páginas parcialmente ennegrecidas por culpa de la tierra removida y la humedad. Veamos algunas de ellas:
Día 15 de junio. Hoy he sepultado el cuerpo sin vida de doña Helena. Lo hice con manos temblorosas y sin ceremonia alguna. El párroco de la vecina iglesia insistió en que el cuerpo de la finada estaba muy frío, aunque yo juré haber visto salir vapor de sus labios. Ya no se discute con los que dicen tener fe, ahora solo se cava.
Día 17 de junio. No puedo dormir. Hay algo en el ambiente. Cada noche, cerca de la tumba de doña Helena, siento que el suelo respira. Esta madrugada escuché claramente un leve lamento, como un suspiro. Llevé una vela y vi que sobre la tierra removida se formaban gotas de rocio negro. Nadie me creerá. No se lo diré a nadie.
Día 20 de junio. He regresado a la tumba provisto de una pala, no por temor, sino por justicia. Abrí la tumba. El ataúd estaba arañado por dentro. En su mano derecha, cerrada, algo brillaba, una burbuja suspendida. No era ni una joya ni una lágrima. Era… La botella no estaba allí por accidente. Yo la cogí. La sellé con cera de mi propia vela.
Día 21 de junio. Desde que traje la botella negra con el suspiro a mi casa, mi voz tiembla y mi sombra me parece ajena. Cada vez que me acerco a la botella, siento que algo se agita en su interior. No sé si me busca, no sé si me juzga.
Día 23 de junio. El hombre vestido de negro ha venido. No llamó a la puerta. No dijo nada. Solo extendió las manos, le entregué la botella. Él inclinó la cabeza y desapareció de la escena a través de la niebla. Desde entonces, la tumba está silenciosa, pero los pájaros no vuelan sobre ella.
Sin fecha, la última anotación: “Quien encierra un suspiro, encierra un destino. Y algunos alientos no deben conservarse”.
Muchos se estarán preguntando, escribe el buscador de historias imposibles, que ocurriría si alguien leyera el diario del sepulturero del cercano cementerio, en el interior del bazar del hombre vestido de negro. El comercio, como entidad viva, reacciona a la vibración de cada sílaba pronunciada. Mientras tanto, el hombre vestido de negro permanece inmóvil, a la espera del desenlace final.
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