Me dicen que, en las profundidades, tras los vetustos muros de olvidados palacios y desiertas sedes oficiales del gobierno, existen algunos cubículos ocupados y gestionados por miembros de un presunto círculo secreto, hermético. Se desconoce la fecha exacta de su fundación, ni siquiera el nombre de su fundador. Lo que, al parecer, queda más o menos claro es que, su membresía, entre bambalinas, escondida entre la élite política y financiera, no rinde culto a nadie salvo, quizá, a una presunta fuerza ancestral.
Los rumores se deslizan como serpenteantes sombras por los pasillos del poder; reuniones que coinciden con extraños eclipses provocados, importantes documentos escritos en lenguas olvidadas, extraños símbolos grabados en anillos que nunca se utilizan. Fue un veterano periodista, digamos, un tanto conspiranoico, quien comenzó a investigar, tras recibir una misiva anónima escrita con una sola frase: “Los que creen gobernar no nos ven, porque no pertenecen a nuestro mundo”.
Con cada paso que daba, el periodista descubría más indicios sobre la posible existencia, detrás del poder elegido más o menos democráticamente, de una secta o grupo oculto que practicaba rituales ancestrales, de raíces oscuras, con el fin de conservar el poder absoluto y manipular a su antojo importantes decisiones globales.
Algunos altos cargos habían desaparecido misteriosamente justo antes de efectuar declaraciones públicas comprometedoras sobre tsunamis, terremotos, maremotos, apagones, incendios, caídas de redes sociales, cambios climáticos, todos provocados por esta especie de correctores del destino. Y es que, todas las pistas conducían hasta una abadía abandonada situada a las afueras de la ciudad, donde sus gruesos muros aún conservan, dicen, el eco de antiguos cánticos.
Estaba claro que cuanto más se acercaba a la verdad, daba la sensación que se borraba de un plumazo la memoria colectiva. Archivos que se extraviaban, testigos que cambiaban de opinión. Finalmente, el periodista comprendió que el verdadero poder del cónclave no estaba en sus propios actos, sino en su capacidad para alterar la realidad que nos rodea.
El veterano periodista regresó a su apartamento esa misma noche. Llevaba consigo las cintas de audio que había descubierto entre los muros del cenobio abandonado. Eran inquietantes. Fragmentos de cánticos, nombres pronunciados en voz baja y una referencia que se repetía constantemente, como un eco: “La Voz del Velo no se ve, solo se escucha cuando sueñas”.
Durante varias noches al periodista le fue imposible conciliar el sueño. Cuando cerraba los ojos aparecía en su mente una figura encapuchada con ojos brillantes como carbones encendidos. Una voz le hablaba en una lengua que desconocía, pero entendía. Estaba seguro de que aquello no era producto de su imaginación, de la sugestión, sino de algo que había cruzado desde el otro lado y ahora lo vigilaba.
Movido por la urgente necesidad de encontrar respuestas, contactó con una vieja amiga que, antes de jubilarse había formado parte de los servicios secretos. Ella, tras analizar los cánticos, no dudó de que algunos fragmentos se parecían bastante a un dialecto sumerio, pero un tanto deformado, como si lo hubieran adecuado para utilizar en rituales modernos.
Aquella pista les condujo hasta el archivo secreto de la biblioteca subterránea solo asequible para los que disponían de la correspondiente tarjeta de acceso, caso de su vieja amiga jubilada. Allí, entre los pergaminos sellados con cera negra, hallaron un ejemplar del “Codex Umbrae”, libro arcano que, a todas luces, no debería existir. Narraba la historia de una sociedad secreta de fanáticos servidores que se dedicaban a realizar pactos con entidades inmateriales a cambio de poder y, que cada fin de siglo, en el transcurso de un sacrificio humano renovaban su juramento.
Algunos de los nombres escritos en el códice coincidían con personajes históricos que habían fallecido de forma un tanto extraña, justo después de dimitir de sus cargos oficiales. Pero lo más inquietante, si cabe, fue averiguar que el próximo eclipse total, provocado, tendría lugar dentro de dos semanas, y que las coordenadas del lugar estaban escritas en la última página del “Códex Umbrae”.
Ambos decidieron seguir las coordenadas que les guiaron hasta la costa norte, donde las fuertes olas se abalanzaban voraces contra aquellos acantilados ancestrales, un lugar marcado por leyendas marinas y desapariciones sin resolver. Bajo la luna menguante, alcanzaron las ruinas de un santuario olvidado, tallado sobre la roca volcánica y envuelto por una niebla que apariencia perpetua y voluntad propia.
En el centro de aquella estancia del destartalado monasterio, una piedra circular brillaba tenuemente. Al colocar el códice sobre ella, el suelo tembló y una voz habló desde las profundidades: “¿Buscáis acaso la verdad o solo una respuesta que os convenza?”.
La ex agente del servicio secreto, visiblemente alterada, recordó una escueta nota escrita en el códex, que hablaba del “Umbral de las Mareas”, un portal dimensional que los antiguos componentes del Cónclave abrían para comunicarse con la entidad que les otorgaba todo el poder. Solo quienes estaban dispuestos a perder su nombre podían usarlo.
De repente, figuras encapuchadas emergieron de entre la espesa niebla. Cantaban el mismo himno que el periodista había escuchado en sus sueños. Pero había algo diferente. Esta vez parecía que le hablaban directamente a él. Sintió una energía que lo atraía hacia el centro del círculo. Su vieja amiga, la ex agente gritó, intentando romper el trance, pero ya era demasiado tarde. El periodista acababa de pronunciar su nombre en voz alta. Fue absorbido por la piedra circular.
¿Será su amiga capaz de rescatar al veterano periodista? ¿Qué hay más allá del Umbral?
Estamos entrando en un territorio prohibido y, aun así, fascinante.
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