Hace un par de semanas aquella bella muchacha me contaba una historia increíble. A ver qué opinan ustedes. Me dijo, y estaba más que convencida, que en el rincón menos esperado del mundo, donde los mapas no son lo suficientemente grandes para señalar su ubicación, y hasta donde los relojes, dicen, hace mucho tiempo que se olvidaron de señalar el tiempo, aparece un puesto de libros que casi nunca permanece más de dos días seguidos en el mismo lugar.
Los pocos transeúntes lo llaman “errante”, y aunque nadie sabe a ciencia cierta a quién pertenece, suele aparecer en plazas vacías, playas solitarias, a las puertas de lugares abandonados, como si realmente supiera cuando alguien necesita intercambiar o, simplemente, depositar algún manuscrito u obra escrita.
El puesto no deja de ser sencillo. Una especie de carreta pintada de verde, con estanterías abarrotadas de manuscritos, de libros viejos, nuevos, imaginados, olvidados. Una pequeña campanilla tintinea cuando alguien con sed de lectura se acerca.
Me decía la bella muchacha, que nadie escoge ningún libro, sino que es el libro el que te escoge a ti.
Un día cualquiera, el carromato apareció a las puertas de un edificio oficial abandonado, frente a la casa del bibliotecario, un joven un tanto extraño, que jamás había terminado de escribir ni de leer ningún libro. Intrigado por el tañido de la campanilla, que estaba sonando mientras desayunaba en la terraza, salió a la calle para curiosear. El puesto estaba allí, casi en la esquina donde estaba el estanco.
Sin vendedor, sin comprador, solo había sobre el pequeño mostrador un solitario manuscrito: “La ruta de los destinos inciertos”. Al tocarlo suavemente con la yema de los dedos, sintió que el papel temblaba ligeramente.
El joven y extraño bibliotecario se llevó el manuscrito a su casa y lo leyó de una tacada, sin interrupciones. Cada página planteaba una aventura, un viaje, una alucinación. Al terminar de leerlo, supo que el puesto, en realidad, no era errante por capricho, sino que tenía una importante misión que realizar: buscar lectores y escritores perdidos para ofrecerles pasajes a mundos desconocidos.
Dos días después, a primera hora de la mañana, el puesto errante ya no estaba. Pero en un rincón de la habitación del joven bibliotecario, sobre el escritorio, una nota manuscrita indicaba: “Cuando sientas que el mundo se te queda pequeño, abre otro libro. Te estaremos esperando.”
Pasaron los días y las noches, y una mañana, el joven bibliotecario encontró una hoja de papel amarillenta y arrugada en el interior de su buzón. Estaba escrita con palabras tan tenues como los recuerdos de su infancia. Decía:
“Las historias tienen sus guardianes. ¿Quieres conocer a los nuestros?”
Dejando de lado su rutina diaria, siguió las pistas del mensaje: unas coordenadas disimuladas en la esquina superior derecha de la hoja, el símbolo de una estrella fugaz y un número de página que solo tenía sentido para el manuscrito que había leído recientemente. Las coordenadas lo guiaban hasta un claro oculto del bosque, situado a las afueras de la ciudad, donde el puesto errante lo estaba esperando.
Pero en esta ocasión el chiringuito no estaba solo. Junto al carro de los libros, entre luces y sombras, se distinguía claramente una silueta. Se trataba de una mujer madura de ojos verdes. No se presentó. El joven bibliotecario tampoco le preguntó su nombre. Ambos sabían que los nombres, a veces, interrumpen la propia magia del momento.
La mujer madura de ojos verdes le contó la historia secreta del puesto errante de libros. Había sido creado años atrás por lectores anónimos que sentían la necesidad de compartir sus libros con quienes más lo necesitaban, pero no sabían cómo hacerlo. Así nació una biblioteca sin raíces, alimentada por relatos anónimos, ilustraciones de sueños, pesadillas y frases que se escriben una sola vez.
“Yo no soy la dueña del puesto de libros errante”, dijo la mujer madura de ojos verdes.
“Soy una de las guardianas, una escucha. El puesto se mueve porque las historias también se mueven. Va donde alguien está a punto de olvidarse de quién es.”
El joven bibliotecario le ofreció sus relatos, los que había escrito a partir de aquel primer encuentro con el puesto de libros errante. La mujer los colocó en la estantería, junto a los demás, como si siempre hubieran estado allí. Al hacerlo, un pequeño cartel apareció como por arte de magia:
“Gracias por recordarnos que todo lector, tarde o temprano, se convierte en autor.”
Los guardianes no eran elegidos por un comité de sabios, ni por votación popular. Eran escogidos por las historias mismas. Cada uno tenía una cicatriz invisible que lo conectaba directamente con los libros. Algunos llegaban por accidente, otros eran llamados durante sus sueños. Pero todos compartían una capacidad única: sabían cuando una historia necesitaba salir a caminar.
Veamos algunos de dichos guardianes:
- La mujer que escribía con hilos. Sus hábiles manos tejían relatos con hilos de colores. El rojo era para la pasión, el verde para la esperanza, el gris para lo no dicho. Cada tapiz que creaba era un cuento táctil que se leía con la yema de los dedos.
- El hombre que se comunicaba mediante rimas. Era capaz de transformar cualquier experiencia en poesía, incluso la tristeza tenía ritmo en su voz. Sus poemas ayudaban a cerrar capítulos que los lectores no sabían terminar por ellos mismos.
- La librera invisible. Ella era la cuidadora silenciosa. Aparecía solo cuando una historia estaba a punto de romperse. Sabía qué libro o manuscrito aceptar sin preguntar. En su presencia, el tiempo parecía suspenderse.
- El lector de voces. Escuchaba no tan solo los relatos escritos, también los que flotaban sin papel. Historias contadas al viento, suspiros olvidados, canciones que nunca se cantaron. Él grababa esas voces en libros que no tenían tinta, sino memoria.
Y es que, en definitiva, los guardianes no conservan libros, conservan vidas.
Cada historia que llega al puesto errante de libros es como una semilla, y ellos, los guardianes, son los jardineros que saben cuándo sembrarla y en qué lector florecerá.
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