El problema de fondo es el libre mercado de futbolistas, al que nadie se plantea seriamente poner coto. Las fuentes de ingreso a las que tienen acceso los clubs resultan insuficientes para afrontar el coste de sus plantillas e imponerles un límite salarial que no afecta a las inversiones y gastos, términos paralelos aunque no convergentes, desproporcionados en relación con la mano de obra, pintan de rojo sus balances sin remedio a corto y medio plazo.
No hace falta retroceder demasiado para recordar la fábula de que el Mundial 82, con la remodelación de algunos viejos estadios, iba a ser la panacea por la que todos recuperarían el equilibrio de sus cuentas. Después vino la dictadura de la televisión que, pese a su imposición de fechas y horarios que no constituyen beneficio alguno ni para los aficionados ni para los clubs, tampoco rinde más allá del pan nuestro de cada día y el hambre de mañana.
La tercera vía fue la de la compraventa de jugadores, los únicos y verdaderos amos del negocio. En cada una de las transacciones se han perdido comisiones y otras hierbas, que transcurren por vericuetos no siempre transparentes, autopistas que discurren al margen del núcleo empresarial como los cinturones de ronda de las grandes o medianas ciudades. Pero ni así.
Por ahí es por donde se han colado los fondos de inversión y han proliferado las agencias y agentes dedicados a un mercado plagado de sociedades instrumentales que constituyen un entramado por el que no es fácil circular. Cada futbolista tiene la suya, cada representante varias e incluso toda SAD, con o sin ánimo de lucro, ramifica su tronco con el fin de diversificar el objeto social para el que se crearon.
Y sí, el fútbol mueve no solo montañas sino auténticas cordilleras de dinero. Bien lo saben la FIFA, la UEFA y demás instituciones asociadas, pero aun así no alcanza para todos, y si no que se lo pregunten al Real Madrid, el Barça o cualquiera de los españoles a los que el agua llega al cuello, lo nieguen Louzán, Tebas o las cortes celestiales adheridas.
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