Dicen los más viejos del lugar, y dicen bien, que en las afueras había una antigua mansión, apenas visible desde el pueblo entre los altos cipreses. No se le conocía nombre ni dirección, pero todos sabían a ciencia cierta a cuál se referían. Se trataba de aquella casa olvidada junto al cementerio, donde comentaban que las paredes crujían y el viento entraba, pero ya no volvía a salir.
Nadie vive allí desde hace décadas. O eso creen. Porque cada noche, cuando la espesa niebla se desliza a ras del suelo, una débil luz baila tras los cristales rotos de los ventanales de la buhardilla. Los hay convencidos: se trata del candil encendido por el alma de una mujer fallecida en pleno parto. Otros opinan que la casa es una especie de eco del tiempo, que cada noche revive sus últimos recuerdos.
La realidad la supe la tarde que me atreví a acceder a su interior. La puerta de entrada, de hinchada madera provocada por culpa de las inclemencias y los crudos inviernos, se abrió sin apenas esfuerzo. Ya en su interior, las motas de polvo flotaban en el aire. Todo, como en la escena de una película de terror, parecía estar en su sitio. La taza humeante de café sobre la mesa de la cocina, el reloj de cuco señalando las tres de la madrugada, una vieja mecedora balanceándose sola. Y en la pared del fondo, un cuadro torcido mostraba el recuerdo de una familia sin rostro.
Los sutiles rayos del sol penetraban a través de las descosidas cortinas. En el desván encontré un espejo cubierto por un velo negro de seda. Lo aparté. Yo no me reflejaba. Tan solo mostraba una casa; parecía estar viva y en movimiento. Se oían risas, voces, alguien leyendo en voz alta un poema junto al ventanal. Y desde una esquina del espejo, una figura me observaba. Era yo. Más joven. O tal vez más viejo. No sé qué decir. Mientras tanto, una mano invisible escribió en la pared:
“Esta casa no está vacía. Guarda el tiempo de quienes aún la sueñan.”
Desde aquel día he regresado cada noche a la antigua mansión. No para resolver ningún misterio, sino dispuesto a recordar. Porque hay lugares que no salen reflejados en los mapas, en los planos, pero viven en la memoria de quienes se atreven a entrar con el corazón abierto de par en par.
Las noches siguientes, poco antes de dejar atrás aquella morada olvidada junto al cementerio, noté algo extraño. Siempre tardaba unos segundos en reconocerme a mí mismo en el espejo, con aquella expresión totalmente desconocida.
Una madrugada, al regresar, descubrí que el cuaderno del tiempo, que siempre llevaba conmigo, no mostraba nuevas fechas. Solo una palabra escrita con letra irregular: “reflejado.” Intrigado regresé a casa y subí directamente al desván. El espejo me estaba esperando. Esta vez, al rozar el marco con las yemas de mis dedos, el cristal se volvió líquido y mi reflejo cruzó al otro lado.
No se trataba de una ilusión. Mi otro yo existía. Y comenzó a hablar:
—Yo tomé decisiones que tú no. Me quedé en la casa. Aprendí sus secretos. Descubrí lo que duerme bajo las tablas.
—¿Qué duerme?
—La raíz del olvido. El nudo donde el tiempo se enreda.
El reflejo estiró la mano. En su palma, un fragmento de lo que parecía una página arrancada del cuaderno original. El símbolo del reloj de arena invertido, roto.
—Si cruzas, sabrás. Pero no regresarás igual.
Cerré los ojos y atravesé el espejo. Del otro lado, una vasta llanura repleta de habitaciones olvidadas; hogares que nunca llegaron a construirse, momentos que jamás ocurrieron, amores que no se vieron correspondidos. Todos custodiados por reflejos de gentes que alguna vez se preguntaron: “¿Y si…?”
En el centro neurálgico de aquella realidad invertida, un inmenso reloj de cuco colgaba del cielo. Se había detenido. Y el eco de miles de pasos perdidos se acercaba. Yo no era el único que había cruzado.
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