Esta es la que se les quedó a los jugadores ahora a las órdenes de Martín Demichelis, después de perder dos puntos que, a punto de mostrarse el tiempo de prolongación, tenían garantizados. Si Felipe II argumentó que su Armada Invencible fue hundida por los elementos y no por la escuadra del almirante Nelson, el técnico argentino debutó bajo una tormenta desatada en primer lugar por las lesiones de Raíllo y Pablo Torre y, sobre todo, el aparato eléctrico caído atraído por el joven Jan Virgili, que dejó a los suyos en inferioridad numérica durante diez minutos por una entrada a destiempo, a raíz de haber errado la sentencia segundos antes.
Hasta aquel instante, el esfuerzo del equipo que, con el extremo catalán y Sergi Darder en el banquillo, había escrito un guión distinto al de Arrasate, dio sus frutos. Sin necesidad de cinco zagueros y con un rombo en el centro del campo con Mascarell en su vértice más retrasado, Pablo Torre en el más avanzado, con Samu y Morlanes en las puntas laterales y Joseph en constante movimiento alrededor de Muriqi, una mayor rapidez en el movimiento del balón, la solidaridad de los jugadores en ataque y defensa, la intensidad y el sentido común tanto en el repliegue como en el despliegue, la imagen experimentó un acusado cambio en relación con jornadas precedentes.
La fatalidad de los inconvenientes descritos obligó a retroceder hacia el interior de las murallas, lo que Osasuna aprovechó para redoblar su infantería, aun a costa de prescindir de su retaguardia, riesgo que despreció Antonio Sánchez, quien, con el empate en el marcador, careció de templanza y calidad técnica para devolver la esperanza que aguarda a la vuelta del presente. Desgracia, mala suerte o cualquier adjetivo en el que cada cual busque y encuentre consuelo: chirriaron los dos últimos cambios, solamente justificables en base a arañar unos segundos al cronómetro, que patentizaron un problema crónico, el de los laterales. Ni Maffeo o Mateu, igual que Mojica o Lato, cierran sus espacios con la posición adecuada y la presteza exigible. Kike Barja olió la grieta y metió a sus compañeros en una batalla que tenían perdida. Y, por desgracia, el Mallorca no está para devolver los obsequios que le caigan.
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