Es como si el próximo Leo Messi, el que está por llegar, no Lamine Yamal, no, el siguiente, naciese en Ninh Binh, región de Vietnam conocida como la ‘Bahía de Halong en tierra’. Igual. Así de esperpéntico.
Los grandes deportes, esos a los que llaman los ‘reyes del deporte’, se lo comen todo. Todo. Y la culpa es de todos nosotros, que perdemos la cabeza por quien no lo merece. O lo merece mucho menos que otros. No que otros deportes, o sí, pero, especialmente, otros deportistas.
Miren, esta niña, porque a los 32 años se sigue siendo una niña, con ese rostro pulido, brillante, precioso, gracioso, amable, ha sido de las cosas grandes, enormes, que ha parido el deporte español. Aaaaaah, vaya, pero jugaba a bádminton. ¿Y? Más mérito aún. Muuuuuuucho más mérito. Un mérito infinito.
Miren, esa niña, que ha sido tan brillante, tan sincera, tan transparente, tan genial, tan simpática y auténtica en la despedida como en la gloria —¡estamos hablando de la ganadora de todo, todo, todo y premio Princesa de Asturias!—, las ha ganado a todas, en todos los rincones del mundo, en todas las competiciones habidas y por haber, en sus propios países y allá donde la llevase el bádminton.
¿Quieren saber una cosa? Miren, ELLA, con mayúscula y porque no hay letras más grandes, Carolina Marín, ya ven, 1,72 metros y 65 kilos de peso, una pluma, es una de las 2.826 licencias de bádminton femenino que tiene España. ¿Quieren saber algo más, por si les interesa, no por otra cosa? ¡¡¡¡¡¡China tiene 100 millones de licencias de bádminton!!!!!! Y Indonesia. Y Malasia. Y Corea del Sur. Y Japón.
Y todas, todas, todas han sucumbido ante la energía de esta niña de Huelva, que no era el Roger Federer de la pluma, no, no, era el mismísimo Rafa Nadal del bádminton. Carolina lo deja, se va, porque o juega al mil por mil o no juega. Ganaba por físico, no por bádminton. Ganaba porque corría más que las demás, saltaba más que las demás, se impulsaba más que las demás, golpeaba más fuerte que las demás, volaba bajito. Por eso ganaba la niña. Y si no puedo jugar al 75%, al 80%, al 90%, lo dejo. Hasta aquí. Y feliz.
Gloria eterna, Carolina. Has sido un ejemplo. Perdón, EL EJEMPLO. Ellas, por ejemplo, las 100 millones de chinas que pretendieron ganarla, lo celebran. Se ha retirado esa niña de Huelva —¡Huelva!—, preparada por otro enfermo, por un auténtico poseído, Fernando Rivas, el tipo que se inventaba aparatos, instrumentos, entrenamientos, sesiones con ventiladores gigantes que la hacían volar sobre la pista.
Estoy pensando en la serie ‘Yakarta’, qué preciosidad. Ese Javier Cámara, al que todos consideran un mierda, un amargado, un fracasado y es un puto iluminado, que sabe lo que hace. Estoy pensando en esa otra preciosidad, Carla Quílez, que ni sabe dónde está Yakarta, pero que hace volar la pluma a la velocidad del sonido. O lo intenta.
Deberíamos estar orgullosísimos de que uno de los nuestros haya puesto de rodillas a China. Deberíamos estar locos de contentos de que 100 millones de chinos deseen que esa maravilla de Huelva desaparezca de sus (malos) sueños. Y deberíamos dar saltos de alegría de que esa muchacha, ejemplo de los ejemplos, ganase, cayese, se levantase, volviese a caerse, volviese a levantar y tuviese al mundo (del bádminton) arrodillado ante su vigor, su ímpetu, su coraje y pundonor.
Eso en una España que le da igual el bádminton. Bueno, que le da igual todo lo que no sea el fútbol, el miserable fútbol, el comercializado fútbol, el negocio. Ella nació en Huelva y soñó con Yakarta. Y las ganó a todas. A millones de ellas. Y no una vez, no, qué va, qué va, millones de veces.
Ya está. Se ha ido. Y nos ha dejado una de las diez historias más hermosas del deporte español. Inundada en lágrimas de todos los colores, fruto de triunfos y dolor. ELLA, con esa carita de no haber hecho nada, ni ganado un partido. No se puede ser ni más grande ni más auténtica.
Carolina, como dicen en México, que te vaya bonito. Gracias. Millones de chinos/as te lo agradecen.
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