Hay un instante, un momento, un soplo, diez segundos, en uno de los multitudinarios, populares y elogiadísimos desfiles del diseñador mallorquín Miguel Adrover (Calonge, Baleares, diciembre de 1965) en Nueva York, la ciudad fascinada por su arte, originalidad y desparpajo, único, hasta concederle el prestigioso galardón CFDA Award, los premios que reconocen, a nivel mundial, la excelencia y la innovación en el diseño de la moda, en el que su ayudante se le acerca, sigilosamente, y le dice al oído: “Ha venido, está aquí, Anna Wintour, quiere verte”. Adrover, que está retocando a una modelo, casi sin mirar a su ayudante, le viene a decir, no, le dice, con un par de gestos “que se espere, ahora no puedo”.
Nadie, nunca, jamás, se ha atrevido a hacerle un feo a la emperatriz de la moda, a la jefa, gurú, de ‘Vogue’, a la persona con mayor influencia en el mundo de moda. Nadie, nunca, jamás. Miguel Adrover, sí. Tal vez por eso, tiempo después, Adrover pagó ese y otros gestos de independencia, de no sometimiento, de libertad, de ser él, con el destierro más horrible que puede sufrir, vivir, padecer artista alguno.
Adrover, que estaba construyéndose una casa en Egipto, osó, como genio y artista libre que es, vestir con ropa árabe a sus modelos, el 9 de septiembre de 2001, en una oda a la multiculturalidad en el pase de la colección ‘Utopia’, en un recinto escolar del Lower East Sid, reconvertido en una suerte de patio árabe.
Miguel Adrover ha sido el único diseñador capaz de hacer esperar a Anna Wintour, la emperatriz de la moda, la jefa de ‘Vogue’, que pidió verle cuando él estaba preparando uno de sus desfiles. “Que espere, iré cuando pueda”.
Y, a los dos días, cayeron las Torres Gemelas y los EEUU más paranoicos decidieron que Adrover tuvo algo que ver con aquel horrible atentado. Los inversores que financiaban al diseñador mallorquín se desentendieron de él, lo abandonaron, lo dejaron solo, hasta lo señalaron. Todos estaban locos, menos Adrover, que se gastó todos sus ahorros en tratar de seguir mostrando su arte. Es más, en 2004, en el desfile de su colección ‘The americans’, él mismo apareció enfundado en una camiseta con el lema: “¿Alguien conoce a un avalista?” Nadie. Y, al final, sucumbió. Y huyó de NY, de EEUU.
Llenó varios contenedores, maletas, bolsas, lo que fuese, con sus trajes, diseños, bolsos, zapatos y se encerró, durante décadas, en casa de su madre, en Calonge. Nadie supo de él. Nadie. EEUU, Wintour, ellos, ellas, se olvidaron del genio. Hasta que Gonzalo Hergueta, un prestigioso diseñador gráfico español, instalado desde hace 14 años en Nueva York, descubrió el instagram de Adrover, en el que, especialmente, aparecían fotografías realizadas en el aljibe de su casa con maniquís, plantas, flores, ropa, todo tipo de enseres.
Aquellos llamativos bodegones, pura delicia y originalidad, nada visto hasta entonces, llamaron tanto la atención de Hergueta, que un día le dijo a su amigo Juan Pérez de Rozas (sí, vaya, mi hijo pequeño), productor ejecutivo de cine, documentales y publicidad, que debían averiguar quién era, qué hacía, dónde vivía el tal Miguel Adrover. “Ese genio, Juan, tiene una historia, tiene un corto”. Para Juan fue hasta demasiado fácil. Calonge está pegadito a S’Horta, el pueblecito de sus abuelos maternos.
Gonzalo y Juan han perseguido a Adrover durante cinco largos e interminables años. Tremendos. Han pasado desde la negativa más absoluta de Adrover a querer verlos y hablar con ellos, a recoger, en quince días, de la mano de su obra ‘The Designer is Dead’ (el diseñador ha muerto), dos de los premios más importantes y prestigiosos que existen para documentales: el del Jurado de Le FIFA (Festival Internacional de Films de Arte), de Montreal, y el máximo galardón en el Moritz Feed Doc 2026, de Barcelona, para documentales sobre moda.
El diseñador mallorquín se arruinó y se vio obligado a huir a Calonge (Mallorca) cuando las élites de la moda y los EEUU más paranoicos le señalaron tras el derribo de las Torres Gemelas por haber vestido con ropas árabes a sus modelos, en un desfile organizado días antes del 11-S.
Contando desde el inicio con la financiación de Little Spain, la productora de C. Tangana, Hergueta construye un retrato íntimo, intimista, político ¡claro que sí! y profundamente humano de una figura olvidada por la industria de la moda, pero tremendamente vigente por su visión radical. Un retrato de Miguel Adrover cuya obra desafió a la industria de la moda, sobre todo cuestionó sus reglas, se las saltó, las desmontó y, pese a todo, siguió siendo fuente de inspiración para quienes crean sin ataduras.
Acceder a Adrover fue todo un reto. Un trabajo de hormiguitas. Gonzalo y Juan tienen sus proyectos propios, de los que viven. La historia de Adrover era un “lo vamos a hacer por narices, el mundo debe conocer esta historia y a este genio”. Se diría, no, fue así, que los creadores de ‘The Designer is Dead’ la han hecho en contra de Adrover, al menos en sus inicios, cuando el artista ya se consideraba muerto como diseñador y empezaba una nueva vida como fotógrafo, sumergido en su aljibe.
“Convencer a Miguel fue durísimo”, explica Hergueta, que pese a esa indiferencia inicial, no cesó ni un solo minuto de pelear por conquistar al artista. “Cuando me encontré con él por vez primera, descubrí a un personaje completamente fuera de este mundo. Más que buscar una esencia, me interesaba hacer un retrato íntimo de lo que estaba viendo: un auténtico ermitaño, una realidad de aislamiento. El golpe fue tremendo”.
Fue en esos días cuando Hergueta tuvo la oportunidad de trabajar con el alemán Werner Herzog, el más importante documentalista del mundo. “Werner me dijo que lo más importante cuando te acercas a un personaje, al protagonista de la historia que quieres contar, era conseguir un acuerdo con él que te permitiese poseer, siempre, el control de la obra. Y eso fue lo que más nos costó con Miguel, un artista que está continuamente mirándose a sí mismo y que, en nuestro caso, debía aceptar que lo filmásemos, grabásemos y contásemos su historia con nuestra mirada, no con la suya”.
Adrover acabó colaborando, sí, pero, ni siquiera ahora, es el primer propagandista del documental que está triunfando en todos los festivales. “La idea no era explicar al personaje, sino permitir observar la realidad en la que vive. La película intenta contar, desde una observación muy voyeurista, cómo es el personaje, qué piensa, cómo vive, porque mucho de lo que vemos de Miguel no pasa por lo que dice, sino por lo que hace. Me interesaba más eso que construir el típico documental en el que el personaje habla directamente. Prefería acercarme a la experiencia de su vida”.
“Un documental biográfico se hace muchas veces sobre alguien muerto, pero declarar la muerte de un artista vivo, me pareció maravilloso”.
Gonzalo Hergueta — Diseñador gráfico y director del documental ‘The Designer is Dead’
Todo fue mejorando, incluso la relación de Gonzalo, Juan y Adrover, que enseguida descubrió que los creadores del documental “solo tratábamos de reflejar su vida, su pensamiento, sus reflexiones, de una manera honesta, lo que, finalmente, creó una gran confianza y eso nos permitió que la película acabe mostrando su mundo tal como es”.
Hergueta acaba de explicar a la prestigiosa revista ‘Metalmagazine.eu’, que, pese a llevar 14 años trabajando en NY, nunca creyó en el cacareado ‘sueño americano’. “Vivo en Estados Unidos y me ha ido bien, sí, pero el ‘sueño americano’ me parece un engañabobos. Soy un europeo blanco con educación universitaria; la narrativa de la superación no es universal. Si no pasas por ciertos filtros económicos y sociales es difícil funcionar. Le ocurrió a Andy Warhol: la locura llegó tras su muerte, cuando el sistema pudo controlar su obra. Esto mi hizo reflexionar: a veces, lo que parece un éxito puede ser una trampa. Es un poco lo que le ocurrió a Miguel, que, en su quinto ‘show’, ya había hecho algo increíble. ¿Cómo superar eso? Que un diseñador principiante tenga que montar un escenario carísimo impone exigencias surrealistas”.
La asociación, el acuerdo, el pacto, el documental ha terminado siendo un ‘win to win’ pese a los muchos desencuentros, superados, entre las dos partes. “Rodar con Miguel fue una experiencia muy especial. Su vida es muy introspectiva y tranquila”, recuerda Hergueta, “con pocos espacios y gente a su alrededor, así que tuvimos que ser muy respetuosos y cuidadosos con la forma en que trabajábamos. Rodar en celuloide requiere, como poco, un equipo de ocho personas, lo que para Miguel ya es multitud, y ciertos tiempos, así que buscábamos intervenir lo mínimo y mantener todo lo más natural posible”.
Fuente original: El Periódico.
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