Cuando el astro rey se esconde detrás de los tejados y la última persiana sella la ventana emitiendo un chasquido, la localidad entera parece contener la respiración. No es miedo exactamente. Es más bien una antigua costumbre, un gesto aprendido de generaciones pasadas que sabían escuchar mucho mejor que nosotros. Porque ellos, los que merodean por las noches, no soportan los ruidos de la vida moderna.
Llegados a este punto, la inmensa mayoría dice ignorar cuándo empezaron a aparecer. Algunos afirman que, en realidad, siempre estuvieron ahí, deslizándose entre los muros como sombras que se niegan a quedarse quietas. Otros, por su parte, aseguran que llegaron una fría noche de invierno, arrastrados por un fuerte viento que olía a tierra mojada; también a algo imposible de nombrar.
Lo cierto es que, cuando cae la oscuridad, el pueblo se transforma. Las calles, que durante el día aparecen estrechas y torcidas, se vuelven mucho más profundas, casi infinitas. Las luces de las viejas farolas parpadean, y en los rincones donde no llega la claridad, se escuchan pasos. No parecen pasos humanos, demasiado ligeros, demasiado irregulares.
A veces se escuchan balbuceos. No se trata de palabras, más bien de algo parecido al roce de hojas secas. Otras veces, golpes secos contra la puerta, como si alguien comprobara la resistencia de la madera. Los perros no ladran; solo gimen, se esconden y esperan.
La gente aprendió a convivir con ellos. A cerrar bien puertas y ventanas. A no salir de casa después de medianoche. A ignorar los extraños ruidos procedentes del patio. A no mirar por la mirilla cuando alguien, o algo, llama sin anunciarse.
Pero hay noches en las que los merodeadores se acercan más de lo habitual. No buscan comida, no buscan compañía. Buscan atención. Recuerdan a los vivos que no están solos, que nunca lo han estado.
Dicen que, si te atreves a asomarte y a mirar por la ventana en el momento exacto, puedes verlos. Solo una forma, un contorno. Algo que se mueve con una fluidez que no pertenece a este mundo. Y si te ven mirando, se quedan quietos. Muy quietos.
Por eso nadie mira. Por eso cuando cae la noche, el pueblo entero baja la voz, apaga las luces y deja que ellos pasen, como siempre han pasado, como siempre pasarán. Porque los que merodean por las noches no hacen daño… mientras nadie les preste demasiada atención.
Llega un momento, escribe nuestro Buscador de Historias Imposibles, justo después de que las manecillas de los relojes marquen las tres de la madrugada, en que la casa parece haber dejado de ser tuya. Es entonces cuando empiezan a merodear.
Ni los oyes ni les ves llegar. Nunca se presentan. Simplemente están. A veces se quedan quietos durante horas, escuchando. Otras veces avanzan con pasos que no son pasos, con un ritmo irregular que hace imposible adivinar por dónde van a aparecer. No quieren entrar en tu habitación, eso sería demasiado evidente. Prefieren rodearla, dar vueltas, tantear los límites de tu sueño.
Dicen que no soportan la luz, pero no es del todo cierto. Lo que no soportan es ser vistos. Por eso, cuando enciendes la lámpara de la mesita de noche, el silencio se vuelve tan intenso que hasta duele. No se han ido, solo esperan. Tienen paciencia, mucha más que tú.
Una noche, sin embargo, cometí el error de escuchar demasiado. Me quedé despierto, conteniendo la respiración. Y ellos lo notaron. Lo supe porque dejaron de moverse. Todo quedó en un silencio tan profundo que pude oír mi propio pulso golpeándome los oídos. Entonces, desde el otro lado de la puerta, algo se inclinó.
No lo vi, pero sentí su presencia. Y luego, muy despacio, muy cerca, escuché un murmullo; como intentando imitar el habla humana. Desde aquella noche, ya no merodean por la casa. Ahora merodean por mí.
Los escucho incluso cuando salgo a la calle, cuando cierro los ojos, cuando intento convencerme de que todo fue un sueño. No importa dónde esté, siempre encuentran la forma de acercarse, de recordarme que los oí, que los reconocí, que ya no pueden ignorarme.
Y cada madrugada, a las tres en punto, vuelven. No para entrar. No para llevarme con ellos. Solo para asegurarse de que sigo despierto, que sigo sabiendo que están allí. Porque los que merodean por las noches no buscan víctimas, buscan testigos.
La siguiente noche intenté hacer lo que todos recomiendan, ignorarlos. Me acosté temprano, apagué las luces, respiré hondo. Me repetí a mí mismo que no pasaría nada si no les prestaba la más mínima atención. Que quizá, si fingía estar durmiendo, se cansarían de mí y volverían a sus rondas silenciosas por la casa, como antes, como siempre.
Pero a las tres en punto de la madrugada, supe que no me habían olvidado. Fue un golpe suave, en la pared junto a mi cama. A continuación, tres toques espaciados. No me moví. El silencio que llegó a continuación fue peor. Era un silencio expectante, cargado, como si la oscuridad misma contuviera la respiración. Entonces escuché el segundo sonido, un arrastre lento. Algo se deslizaba por el suelo del pasillo, acercándose a mi puerta.
Esta vez no se quedaron fuera. La manija de la puerta tembló, como si una mano invisible la rozara. La manija dejó de temblar. Y algo, no sé qué, no sé cómo, se acercó a la puerta desde el otro lado. Lo sentí. Una presencia tan densa que parecía empujar el aire contra mí.
Luego, muy despacio, como asegurándose de que lo estaba escuchando, algo raspó la madera. Una línea, otra, otra más. No intentaba entrar, estaba escribiendo.
Cuando amaneció, reuní el suficiente valor para mirar. En la puerta, a la altura de mis ojos, había tres marcas largas, profundas, trazadas con una precisión inquietante. No formaban un símbolo que yo reconociera, pero tampoco eran arañazos hechos al azar. Era un mensaje. Uno que no sabía interpretar. Uno que no quería aprender a interpretar.
Esa noche dormí. Y ellos lo notaron. Porque desde entonces ya no se conforman con merodear. Ahora esperan. Y cada día que pasa, esperan más cerca.
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