Tanto la Copa del Rey como la liga están estructuradas de tal forma que los equipos con mayor presupuesto salgan con ventaja, arbitrajes aparte. Los clubs con, digamos, pedigrí, no compiten en el torneo por eliminatorias hasta que estas se hallan en dieciseisavos de final y la manipulación de la competición regular reserva los mejores horarios para los más grandes en aras de proteger sus convocatorias europeas que, de otro lado, interfieren claramente en el desarrollo de la misma, influyen en los resultados y en la clasificación.
Lo sucedido con el Atlético de Madrid en Sevilla no es casual, ni tampoco nuevo. Hace años la Real Sociedad ya acudió al campo del Villarreal plagado de chavales del juvenil en condiciones semejantes y en la temporada 2012-13, el Mallorca descendió a Segunda con un punto menos que el Celta al empatar a cero en Balaídos contra el Espanyol, que, recordémoslo así, no hizo nada para ganar.
Pero la culpa no es del club ni del Cholo Simeone, cuya obligación es defender sus propios intereses y no los de otros competidores, sino del reglamento que lo permite. De la misma manera que en la trigésimo octava jornada se unifican horarios, en el último tercio de liga o las diez últimas citas donde, según Luis Aragonés, se decide todo, debería prohibirse, si no la alineación de suplentes —un término siempre relativo—, sí la de futbolistas de cualquier filial o, para ser exactos, no inscritos en las plantillas de 25 jugadores autorizados por la LFP y la RFEF. Lo contrario escenifica una meridiana adulteración de la igualdad exigible, una trampa evidente y, sobre todo, la anulación del principio competicional que comprende el propio significado del deporte, sea profesional o no.
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