Iñigo Pérez, el entrenador del Rayo y se dice que próximo técnico del Villarreal, lo ha podido decir más alto, pero no más claro. «En otras ligas se aplazan los partidos de los equipos que tienen compromiso europeo, pero aquí no». Una medida solo disfrutada por el Real Madrid, a quien adelantaron su encuentro ante el Betis al viernes para que tuviera más tiempo.
El maldito calendario impuesto por la FIFA y la UEFA impide la honestidad de la competición. No hay fechas para tanta jornada, terreno abonado para la manipulación que, por supuesto, siempre perjudica a los modestos ante la inhibición escandalosa de la Federación Española y la Liga de Fútbol Profesional.
Lo que ha hecho el Atlético de Madrid en Sevilla, Elche y, probablemente en Valencia, proyecta una imagen deleznable de un club que se proclama «popular». Desde su clasificación para la final de la Copa del Rey, que perdió, y las semifinales de la Champions, que probablemente tampoco ganará, ha renunciado por completo a mejorar su posición en la liga, de la que se halla a más de veinticinco puntos del líder, dieciséis del segundo y cuatro del tercero, por ahora. Lo más grave no han sido las alineaciones plagadas de suplentes y amateurs marrones, sino la actitud mostrada por ellos mismos tanto en el Ramón Sánchez Pizjuán como en el Martínez Valero. Que otros hayan cometido el mismo pecado esta misma temporada, el Celta por ejemplo ante el Alavés y el Oviedo, no les exime de culpa ni de la injusticia del perdón.
Pero aparte de ello, no podemos olvidar que el Mallorca, uno de los perjudicados, no obtuvo un buen resultado el pasado martes. Si la victoria le colocaba muy cerca de la permanencia, el empate le deja a los pies de los caballos sin que Martín Demichelis, que ha hecho muchas cosas bien y obtenido importantes resultados, haya solucionado los problemas defensivos del equipo, su gran lastre, que empieza en la propia portería y termina en el delantero más avanzado.
Javier Tebas, quien incomprensiblemente comparte cargo directivo tanto en Las Rozas como en el edificio Murano de la madrileña calle Torrelaguna, presume en redes y medios afines de «la fuerza de nuestro fútbol», en referencia a la aparente igualdad clasificatoria. Una gran mentira que ya han desmontado en Europa y que el filósofo del «partido a partido», el íntegro Simeone, destroza sin aclarar que eso solo vale para las citas que le interesan a él, ni siquiera a la nobleza de su club. Aún no ha cumplido la parte de penitencia que le queda.
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