Con la aquiescencia de su presidente, Andy Kohlberg, y su jefe, Alfonso Díaz, Pablo Ortells defiende su puesto de trabajo, no al equipo y basa su supervivencia en Primera División en el hallazgo de tres equipos peores, una fórmula falible que ya le falló hace seis años. Son incapaces de aprender de su propia historia.
La otra opción pasa por un milagro, algo en lo que mucha gente no cree pero que puede funcionar mejor que el método Demichelis, que seguimos sin saber cuál es. Los cambios realizados en Vitoria, en Palma ante el Valencia o en Elche y Pamplona, solo se le ocurren a un entrenador que ha agotado ideas y recursos o, de lo contrario, una forma de decirle a la propiedad «esto es lo que hay», muy grave en ambos casos. Debió informarse antes de aceptar un contrato de tres meses rechazado por otros candidatos. Lo comido por lo servido, nada perdido.
Los jugadores, que no tienen nada de tontos, ya han abandonado el entusiasmo con que recibieron el sistema y la confianza que les transmitía el recién llegado en comparación al bajo nivel de exigencia impuesto por Arrasate, al menos de cara a la galería. Las caras de alguno de los sustituidos en Mendizorroza eran todo un poema. Los ojos son el espejo del alma de un equipo sin ella y con apenas cuerpo. Es imposible confiar en un técnico capaz de tomar tamañas decisiones.
¿Tres peores, aun los hay, o un milagro? Susto o muerte. Lo malo es que el canguelo ya no nos lo quita nadie.
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