El pasado sábado por la noche, Europa volvió a sentarse frente a Eurovisión. Lo que debería haber sido una fiesta de la música, del talento y de la diversidad artística, acabó siendo otra vez un escaparate de tensiones ideológicas, propaganda disfrazada de progresismo y ataques dirigidos a quien no se pliega a la narrativa oficial. En medio de ese escenario politizado, brillaron dos cosas: el coraje de Israel… y el talento innegable de nuestra representante, Melody, a quien su propio país dejó tirada.
La actuación de Israel fue recibida con abucheos y gestos hostiles. Se pidió su expulsión, se montaron protestas, y se alzaron consignas con carga política. Y todo esto con una permisividad escandalosa por parte de la organización. A pesar de ello, su representante subió al escenario con dignidad y fuerza, interpretando una canción impecable, cargada de emoción. El televoto de los europeos respondió con claridad: sí a la libertad, no a la censura. Fue una victoria moral frente al linchamiento mediático y político que Israel sufre desde hace meses.
Pero mientras eso ocurría, en España, otra artista merecía ese mismo respeto: Melody. Su actuación fue, sin discusión, una de las más potentes y profesionales de toda la noche. Lo tenía todo: voz, presencia escénica, carisma y una propuesta sólida, valiente, muy trabajada. Recibió elogios masivos en redes, fue tendencia, y muchos la consideraron digna de ganar.
Sin embargo, su brillo fue apagado desde dentro. Desde casa. Porque TVE, siguiendo la línea ideológica del Gobierno de Pedro Sánchez, decidió convertir su cobertura del festival en un altavoz de consignas políticas. Los comentaristas de la cadena pública entraron de lleno en el conflicto de Oriente Medio, adoptando sin matices el discurso pro-Hamás.
Y mientras se agitaba esa bandera política, la candidatura de España quedaba diluida. Se perdió el foco. El país proyectó una imagen ideologizada, polarizada, servil a intereses que nada tienen que ver con el arte. Melody merecía el respaldo de una televisión pública centrada en su música, no en convertir Eurovisión en un acto de militancia política.
Fue la intromisión ideológica la que perjudicó nuestra candidatura. No se puede pedir respeto fuera si no se empieza por respetar lo propio. No se puede hablar de cultura cuando se usa a los artistas como herramientas para reforzar un discurso de partido. Melody compitió sola, y aún así deslumbró.
Por ello, yo voté por Israel. Porque resistió donde otros cedieron. Porque cantó donde otros callaron. Porque defendió su derecho a estar sin disfrazarse, sin rendirse ante los dictados de una Europa cada vez más hipócrita.
Y también hubiera votado por ella —por Melody—, porque en una noche en la que muchos se vendieron al relato, ella eligió el escenario, el arte y la música. Aunque su propio país no estuviera a la altura.
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