La playa se extiende como una lengua de arena pálida entre los acantilados erosionados por siglos de viento, agua y salitre. No hay senderos señalizados ni luces artificiales. Solo el sonido constante de las olas del mar rompiendo en la orilla y el lejano graznido de alguna gaviota. Los lugareños evitan acercarse a la playa al anochecer. Cuentan que, si te sientas solo frente al mar, escuchas tu nombre susurrante entre las olas. Algunos están convencidos que se trata de almas ahogadas de los pescadores que buscan reemplazo para poder salir del agua para siempre.
Las dunas de arena, cubiertas de secos matorrales y erizos de mar, dan paso a una vegetación salvaje que crece sin control alguno, enredándose alrededor de las ruinas de una antigua casita de pescadores. A lo lejos, un espigón desmembrado se interna en el agua como si fueran los restos de un coloso dormido; cubierto de algas negras y cadenas oxidadas.
Olvidados en la arena, fragmentos de madera, caracolas hendidas y trozos de vidrio esmerilado por el tiempo. El aire huele a sal, a humedad antigua, a algo imperceptible, como si el lugar intentara recordar algo que los humanos hace mucho tiempo habían olvidado. De tanto en tanto, una ráfaga de viento barre la costa, haciendo silbar las rendijas de las estructuras abandonadas.
Y tal vez, lo más turbador. No hay huellas, ni de animales ni de humanos. Como si la playa se encargara personalmente de borrar al instante cualquier rastro. Como si el mar tuviera memoria y celos de quienes se atreven a observarlo.
Se dice que antaño había un pequeño faro en la cima del acantilado, pero hace más de un siglo, un rayo lo destruyó. Desde entonces, en algunas noches sin luna, los pescadores dicen ver encenderse una luz donde ya no queda más que roca y musgo. Nadie sabe quién la enciende, o para quién.
Aquella madrugada las suaves olas lamían la orilla de la solitaria playa. Mientras tanto, la joven aficionada a la fotografía, de apenas veinte años de edad, avanzaba lentamente por la arena con su cámara digital y su trípode. Esta playa, casi olvidada, situada a las afueras de cualquier lugar, ya no forma parte de los círculos turísticos, ni tan siquiera en los mapas y, sin embargo, desde varias semanas atrás, se dice y se habla en voz baja de las extrañas luces que danzan en la oscuridad, de la aparición de misteriosas siluetas y de inquietantes voces que parecen estar atrapadas en la brisa.
La joven fotógrafa ajusta el trípode mientas en viento salado golpea su bello rostro. No es la primera vez que recorre alguna solitaria playa en busca de inspiración, pero aquella, escondida entre los acantilados, tiene una energía distinta. Está completamente sola. O al menos eso piensa.
Eran las 2:17 horas de la madrugada cuando la muchacha intenta captar la primera anomalía. Una silueta detenida al borde del agua, inmóvil, sin huellas en la arena a su alrededor. Aprieta el disparador. Nada en pantalla. Como si la cámara se negara a registrar lo imposible.
Un leve zumbido recorre la arena, es como un murmullo brotando desde las profundidades, un extraño zumbido que se aleja hasta el antiguo y abandonado refugio de pescadores. El lugar parece estar suspendido en otra época; redes rasgadas, cuerdas deshilachadas y una lámpara de aceite encendida sobre un trozo de lona. ¿Quién la habría encendido?
Entonces la ve. Es una figura encapuchada arrastrando una pequeña estructura metálica envuelta en lonas. Algo cae. Un cuaderno. La joven lo recoge. Sus páginas están atiborradas de extraños símbolos y, debajo de ellos, fechas coincidentes con extrañas desapariciones ocurridas en la zona. De repente, la figura gira la cabeza. La joven echa a correr.
Aquí es cuando el buscador de historias imposibles pone al día sobre un relato, al parecer, transmitido de generación en generación. Todo indica que en la playa habita un antiguo espíritu que protege los secretos del mar. No es malévolo, salvo si alguien intenta llevarse algo que no le pertenece. Más de uno dice haber descubierto entre las rocas, cerca de la orilla, un cuaderno de tapas negras, lleno de narraciones sobre acontecimientos que todavía no han sucedido. Al leerlo, ellos mismos afirman haber sufrido sueños y visiones de escenas que se hacen reales con el paso del tiempo.
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