Marga Prohens quiere jugar a ser de Vox. A estas alturas, ya no sorprende que la presidenta balear intente disfrazar su gestión con retazos del discurso identitario y antiinmigración que Vox ha defendido desde el primer día con valentía, sin complejos y sin mirar encuestas. Lo que sí resulta chocante es la torpeza, la incoherencia y la falta de convicción con la que lo está haciendo. Porque cuando uno copia, al menos debería entender lo que está copiando.
El reciente sainete en torno a la acogida de menores inmigrantes no acompañados procedentes de Canarias ha dejado en evidencia lo que muchos ya sabíamos: Prohens no tiene principios, tiene miedo. Miedo a la izquierda, miedo a los medios, y ahora también miedo a Vox, que marca la agenda política mientras el Partido Popular balear juega a la imitación mal hecha.
Este tipo de gestos no son excepciones, sino parte de una estrategia errática que intenta blanquear posturas de Vox para hacerlas “aceptables” dentro de los moldes del PP. Pero la realidad es que no se puede ser un poquito Vox, igual que no se puede ser un poquito valiente o un poquito coherente. La defensa de las fronteras, la denuncia del efecto llamada, la necesidad de poner fin al expolio de nuestros recursos sociales, al buenismo migratorio y proteger nuestra identidad y seguridad ciudadana no son temas que se puedan abordar con medias tintas, declaraciones ambiguas o gestos puramente cosméticos.
Prohens se equivoca si cree que puede apropiarse del discurso sin asumir el compromiso ideológico que lo sustenta. Cuando habla de inmigración descontrolada o de los problemas de inseguridad ligados a ciertos colectivos extranjeros, lo hace desde la incomodidad, mirando de reojo al progresismo, temiendo que le tilden de racista o xenófoba. Lo que a Vox le nace del convencimiento, al PP le sale del cálculo.
La diferencia es abismal. Mientras Vox denuncia sin tapujos que las políticas migratorias actuales están destrozando la convivencia, generando guetos, saturando los servicios públicos y fomentando un modelo de integración fallido, Prohens apenas se atreve a rozar estos temas por miedo a perder su supuesto “centro político”, que no es más que un eufemismo para referirse al seguidismo mediático de lo políticamente correcto.
Lo más triste de todo es que el intento de parecer “dura” con la inmigración no convence ni a los suyos. Los votantes de Vox no se dejarán engañar por una versión descafeinada de nuestro proyecto. Y los votantes del PP tradicional, que alguna vez creyeron en la gestión sensata, tampoco entienden por qué su presidenta lanza mensajes que ni ella misma se cree.
Prohens no se está haciendo de Vox. Está jugando a parecerse, sin la valentía ni la coherencia necesarias para dar el paso. En el fondo, sigue siendo rehén del consenso progre, solo que ahora disfraza su cobardía con guiños mal ejecutados al discurso identitario. Si de verdad quiere recuperar el control de las Islas Baleares frente al desafío migratorio, haría bien en dejar de copiar mal y empezar a escuchar ,y aplicar, lo que Vox lleva años diciendo con claridad.
Porque para parecerse a Vox, hace falta mucho más que repetir dos o tres eslóganes. Hace falta convicción. Hace falta coraje. Y sobre todo, hace falta una voluntad real de cambiar las cosas. Algo que, por desgracia, Marga Prohens aún no ha demostrado tener.
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