Hubo un tiempo en España en que las palabras tenían peso, la lealtad se entendía como virtud y no como estrategia, y los principios no se intercambiaban en el mercado de intereses políticos. Eran aquellos maravillosos años en los que, con sus aciertos y errores, España caminaba hacia el progreso desde la unidad, la estabilidad y la autoridad de un Estado que, guste o no, garantizaba certezas frente a la zozobra permanente en la que vivimos hoy.
Es inevitable recordar esa época cuando uno observa la evolución de ciertos personajes de la política española. Aquellos que en vida del general Franco se mostraban fervientes defensores del régimen, que disfrutaron de sus privilegios, de sus cargos, de su protección, y que —una vez muerto el Generalismo— se apresuraron a cambiarse de chaqueta con la velocidad de quien teme perder el asiento en el tren del poder. Los hubo que se reinventaron como nacionalistas fervorosos, como progresistas de manual e incluso como adalides de la izquierda. Un espectáculo que, con la perspectiva del tiempo, solo puede calificarse de fraude histórico.
La Transición, tantas veces ensalzada como modelo, tuvo en estos camaleones políticos a sus principales protagonistas. No fueron héroes de la democracia, como hoy intentan vendernos los manuales oficiales; fueron oportunistas que supieron leer el nuevo guion y adaptarse sin escrúpulos. ¿De qué otra manera explicar que ministros del Movimiento se convirtieran en padres de la Constitución? ¿O que dirigentes que hablaban de unidad nacional pasaran en pocos años a defender privilegios autonómicos y a alimentar el germen del separatismo?
Esa traición inicial marcó el rumbo de las décadas posteriores. La Constitución de 1978, redactada con la mano temblorosa de quienes querían contentar a todos, abrió la puerta a un sistema autonómico que hoy es un monstruo insaciable, causa de división y desigualdad entre españoles. Los mismos que habían jurado lealtad a Franco, juraron después lealtad a una España mutilada en diecisiete taifas. Y lo hicieron no por convicción, sino por conveniencia.
La izquierda supo aprovechar bien esa debilidad moral. Los conversos de última hora les ofrecieron credibilidad, votos y hasta relato histórico. A cambio, recibieron el perdón público y el reconocimiento de una sociedad que comenzaba a mirar hacia atrás con culpabilidad inducida. Así, quienes antaño reprimían a comunistas y socialistas se convirtieron en sus socios de despacho, sus compañeros de escaño y, en algunos casos, en líderes del mismo signo político. Todo por mantener la cuota de poder.
Conviene preguntarse: ¿qué habría sido de España si aquellos políticos hubieran tenido el valor de defender lo que decían creer? ¿Qué habría ocurrido si, en lugar de transigir con nacionalistas y con una izquierda revanchista, se hubieran mantenido firmes en la defensa de la unidad nacional, de la soberanía y de los principios que durante décadas sostuvieron? Tal vez hoy no sufriríamos un independentismo envalentonado, una política rendida a las modas ideológicas y un Estado que parece pedir perdón por existir.
Aquellos maravillosos años no fueron perfectos, pero tenían una virtud esencial: la claridad. España era una, con una identidad común y con una dirección política definida. Frente a ello, la política de la Transición se cimentó en el engaño, en el disfraz ideológico y en el oportunismo. Los que abrazaron el franquismo y después se declararon nacionalistas o izquierdistas son los responsables de haber sembrado la semilla de la decadencia actual.
No se trata de vivir anclados en la nostalgia, sino de aprender la lección de la historia. Los españoles merecen políticos que defiendan lo mismo en público y en privado, en tiempos difíciles y en tiempos de bonanza. Sin disfraces, sin camaleonismos, sin miedo a decir la verdad. Porque si algo nos enseñaron aquellos maravillosos años es que la fortaleza de un país depende, ante todo, de la lealtad a unos principios inquebrantables.
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