Fue en el polvoriento ático de un edificio olvidado por las prisas del mundo, donde mi vecino, arquitecto municipal y creador de maquetas de históricos edificios abandonados, encontró un cuaderno de hojas descoloridas. No tenía título, pero la primera página, la única que a simple vista parecía estar escrita, con letra elegante y temblorosa alguien había escrito: “Este cuaderno escribe historias, las libera”.
Curiosamente, cada página, casi en blanco, solo tenía escrita una fecha. Algunas se correspondían con el pasado remoto y otras aún no habían llegado. Al tocar una de las páginas todo cambiaba. Bastaba con escribir en ella una frase y todo se transformaba.
Una tarde, cualquier tarde, mi vecino escribió en una de las páginas del cuaderno de hojas descoloridas: “Quiero ver el día que conocí a mi abuelo”. Y tras un prolongado suspiro, se encontró en la plaza de un pueblo, ante el hombre joven que sería su abuelo, junto a un barril de cerveza. Esta fue la primera vez que lo entendió: “El cuaderno no viajaba en el tiempo, lo traía al presente”.
Día tras día, exploró como quien recorre senderos ocultos. Revivió la caída de un imperio, el primer amor de su madre, el futuro de la humanidad donde grandes ciudades flotaban sobre mares y océanos. Pero el aviso apareció una mañana en la contraportada del cuaderno: “Cada línea escrita afecta a la memoria del escritor. Demasiado pasado y olvidarás el presente. Demasiado futuro y no sabrás realmente quién eres”.
El arquitecto le dio la vuelta al cuaderno. Lo dejó sobre la mesa y lo observó. Porque a veces, el mejor viaje es permanecer donde uno está y vivir el tiempo tal como viene. Durante meses evitó leer el legajo. Todas las mañanas, mientras desayunaba, lo miraba de reojo, lo cubría de libros, intentaba olvidarlo. Pero el tiempo, como las mareas, siempre encuentra la manera de regresar.
Un día, no se sabe bien a ciencia cierta, el cuaderno comenzó a sufrir cambios inesperados. La cubierta respiraba, emitía un leve calor y latía. Sobre la mesa, sin que nadie lo tocara, el cuaderno se abrió en una página fechada el 1 de septiembre del año 3025. En la parte inferior, una frase escrita con tinta dorada: “Cuando el tiempo se acerca a su final, la historia busca un guardián”.
Mi vecino no dudó un instante y escribió: “Muéstrame ese día”. La mesa crujió y una luz blanca lo envolvió. Se encontraba en una ciudad suspendida del cielo, entre nubes hechas de reseñas y un viento convertido en energía pura. Grandes torres de cristal flotaban en el aire y grupos de humanos caminaban en silencio, sin rumbo fijo, de la mano de inteligencias artificiales que parecían esculturas vivas. Pero lo más inquietante no era aquella especie de nuevo mundo, de nuevo orden, sino la total ausencia de recuerdos. Nadie sabía a ciencia cierta cómo llegaron hasta allí. Nadie recordaba el pasado.
Una silueta se acercó. No tenía rostro, pero su voz le resultaba familiar.
—El tiempo se perdió. Alguien lo escribió todo y luego lo olvidó. Tú lo conoces.
—¿Quién eres?, preguntó mi vecino.
—Soy lo que queda cuando el cuaderno se agota, y necesito tu ayuda.
La silueta sin rostro extendió una mano donde flotaba, en su palma, un fragmento de cuaderno desgastado por siglos de uso, donde aún latía una frase: “Quien recuerda el origen, podrá escribir el destino”.
Mi vecino cogió aquel fragmento de cuaderno y, al hacerlo, una ráfaga de memorias lo atravesó: guerras olvidadas, descubrimientos asombrosos, crímenes sin resolver, desapariciones misteriosas, risas y llantos de gentes que nunca llegó a conocer y el rostro de una niña, con los ojos idénticos a los suyos, que le decía: “Abuelo, cuéntame cómo pasó”.
—¿Esto forma parte del futuro real o de un futuro posible?, preguntó mi vecino a la figura sin rostro.
—Eso depende de ti, respondió la figura. Pero el tiempo se está agotando. Alguien está intentando borrar la historia, y solo quien recuerde podrá resistir.
El cuaderno, ahora restaurado, comenzó a transformarse. De su interior surgieron nuevos fragmentos: un hacha de piedra, otra de energía pura y una más dibujada en los sueños de algunas personas. Cada una guardaba una parte diferente del mismo tiempo.
La misión que debía cumplir mi vecino estaba más que clara: encontrar esos fragmentos, restaurar la línea del tiempo y descubrir quién estaba detrás del gran olvido. El primer destino, una biblioteca sepultada en algún lugar del continente helado que, por cierto, aún no existía, pero que alguien pronto descubriría.
Y tras emitir un suspiro que sonó como una ráfaga de viento arrastrando campanas, mi vecino, arquitecto municipal y creador de maquetas de históricos edificios abandonados, regresó a su casa. El cuaderno ahora estaba sellado con un nuevo y recién estrenado símbolo: un reloj de arena invertido que palpitaba como un corazón.
- ciencia ficción
- cuaderno mágico
- cuento corto
- cuento filosófico
- destinos posibles
- ficción especulativa
- futuro distópico
- historia y tiempo
- inteligencia artificial
- literatura breve
- literatura en español
- memoria
- mundos futuros
- narrativa contemporánea
- Olvido
- realismo mágico
- relato fantástico
- relatos originales
- tiempo y memoria
- viaje en el tiempo
COMENTA LA NOTICIA