En el desván de aquella vetusta mansión, donde el polvo parece tener vida propia y el aire huele a abandono y madera húmeda, descansa una vitrina cerrada con llave. Dentro, formadas con precisión militar, había doce muñecas de porcelana. Cada una llevaba un vestido distinto, pero compartían un mismo gesto: una sonrisa demasiado perfecta, demasiado fija, como si todas ellas atesoraran el mismo secreto.
Nadie en el cercano pueblo tenía la menor idea de quién las había fabricado. Solo se decía que habían pertenecido a la última heredera de la familia, una mujer que vivió sola y murió sin descendencia. Tras su muerte, la mansión quedó abandonada, hasta que aquella joven restauradora, de cabello castaño y ojos verdes, decidió comprarla para vivir e instalar su taller.
La primera noche, la restauradora subió al desván atraída por un leve tintineo. Encontró la vitrina y, fascinada por el trabajo artesanal, decidió restaurar las muñecas. No sabía que la llave estaba puesta por dentro. Cuando logró abrir la puerta de la vitrina, un escalofrío recorrió su espalda. El ambiente se volvió mucho más frío, como si algo se hubiera despertado.
A la mañana siguiente, la joven encontró una de las muñecas, la que llevaba un vestido azul celeste, sentada en la mesa del comedor. Juraría haberla dejado dentro de la vitrina, pero se convenció de que, quizá, la había movido sin darse cuenta. Hasta que ocurrió de nuevo. Y de nuevo. Cada día, una muñeca distinta aparecía en un lugar distinto: el comedor, en la cocina, en el baño, junto a su cama. Siempre dibujando una sonrisa inmóvil.
Intrigada y algo inquieta, la joven restauradora investigó en los archivos de la biblioteca del cercano pueblo. Descubrió que la última propietaria de la vieja mansión había tenido doce hermanas, todas fallecidas en extrañas circunstancias antes de cumplir los diez años de edad. Los habitantes del cercano pueblo afirmaban que la mujer, incapaz de soportar la soledad, había buscado una forma de “retenerlas”.
La joven restauradora regresó a su recién estrenada casa con el corazón acelerado. Subió al desván y observó a las muñecas con otros ojos. Doce hermanas, doce muñecas, doce sonrisas congeladas. Esa misma noche, mientras intentaba conciliar el sueño, escuchó el sonido de suaves pasos procedentes del pasillo. A continuación, un suave murmullo, casi infantil. Cuando encendió la luz de la mesita de noche, las doce muñecas estaban alineadas frente a su cama, mirándola fijamente. Una de ellas, la más pequeña, con trenzas rubias, inclinó la cabeza. Entonces la muchacha lo oyó. Una voz tenue, como un suspiro atrapado en la porcelana: “No queremos estar solas”.
A la mañana siguiente, los vecinos vieron la puerta de la arcaica mansión abierta de par en par. Dentro todo estaba en silencio. La vitrina del desván, cerrada con llave. Y ahora en su interior había trece muñecas. La nueva tenía el pelo castaño, los ojos verdes y una expresión que no era exactamente una sonrisa, pero estaba empezando a parecerlo.
La joven restauradora no recordaba haber vuelto al desván. No recordaba haber cerrado la vitrina con llave. No recordaba nada después de haber escuchado aquel susurro. Solo sabía que ahora estaba dentro. La vitrina era más grande por dentro de lo que parecía desde fuera. No era posible, pero ahí estaba: un espacio oscuro y silencioso, con suelo de madera que crujía bajo sus pies. Frente a ella, las doce muñecas la observaban desde sus pequeños pedestales, como si estuvieran en el palco de un teatro esperando impacientes a que comenzara la función.
La muñeca de trenzas rubias dio un paso adelante. Un paso real, emitiendo un sonido seco, como si un talón diminuto golpeara la madera.
“No queremos estar solas”, repitió.
La joven retrocedió, pero la vitrina ya no disponía de una puerta visible. Solo paredes de cristal que parecían respirar, empañándose con cada exhalación de la casa.
—¿Qué queréis de mí? —preguntó la joven restauradora con voz quebrada.
La muñeca del vestido azul celeste levantó la mano. En su palma había un pequeño fragmento de papel amarillento. La joven lo cogió con dedos temblorosos. Era parte de una página arrancada de un diario.
“Si no puedo tener a mis hermanas conmigo, las crearé. Y si no puedo mantenerlas vivas, las encerraré donde nadie pueda quitármelas”.
La joven, la actual muñeca número trece, sintió un nudo en el estómago. Las muñecas no eran simples objetos. Eran recipientes, eran prisiones.
—Ella nos encerró —dijo otra muñeca, la de ojos grises.
—Y tú nos liberaste —añadió la del vestido rojo.
—Ahora debes quedarte con nosotras —concluyó la más pequeña.
Las muñecas comenzaron a moverse, rodeándola. Caminaban con una calma inquietante, como niñas que juegan a un juego que conocen demasiado bien. La muchacha buscó una salida, pero el cristal se volvió opaco. La vitrina ya no era un mueble, era un mundo cerrado, un santuario de porcelana.
—No… no puedo quedarme aquí —susurró.
La muchacha sintió un fuerte tirón en el pecho, como si algo invisible intentara arrancarle el alma. Las muñecas levantaron sus pequeñas manos al unísono.
Cuando los vecinos entraron días después, encontraron la casa en perfecto orden. Nada fuera de lugar. Nada roto. Nada extraño. Excepto un detalle. En la vitrina del desván, ahora había trece muñecas. La nueva, de cabello castaño y ojos verdes, vestía igual que la joven restauradora el día que desapareció.
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