Si el recién creado Sindicato de Árbitros de Fútbol españoles sirviera para algo, que no es así, ya se habrían negado a dirigir los partidos del Real Madrid y del Barça. No lo harán porque, lejos de su independencia, dependen de la Real Federación Española de Fútbol e indirectamente, tal vez esto sea lo peor, de la Liga de Fútbol Profesional, puesto que el presidente de esta última es a la vez vicepresidente de la primera.
A Florentino Pérez y a Jan Laporta no les interesa que vengan a pitarles colegiados de otras ligas porque en la Champions se ha demostrado que no saben si existe Real Madrid TV, ni las garras de Negreira llegan tan lejos. Tanto al sur como al norte de los Pirineos, todo partido que pierden merengues y culés tiene un culpable inmediato: el árbitro de turno. De verdad, son patéticos.
Pero no se engañen. Es toda una estrategia montada desde hace años por ambos clubs como permanente medida de presión sobre los jueces que van a medir sus infracciones. Ya he contado alguna vez que, con Javier Oleaga como testigo, Paco Bonet me aseguró en el transcurso de una cena privada en el BOB’s de la capital, frente al Hotel Eurobuilding, muy cerca del Santiago Bernabéu, que: «la diferencia de haber jugado en el Madrid y el Mallorca es que, de blanco, no me pitaban las faltas que sí me señalaban de bermellón».
Lo malo que tiene la televisión para directivos, técnicos o futbolistas desahogados es que lo que sucede en el campo no se queda en él, sino que trasciende a la pantalla, repetido decenas, cientos, miles o millones de veces debido al factor multiplicador de las redes sociales. Verter basura sobre el esloveno Vincic por expulsar a Camavinga al tratar de perder tiempo tontamente es más fácil que reprender a Vinicius por rematar por encima del larguero solo ante Neuer. Empozoñar al que pitó en el Metropolitano cuando cualquiera que no sea ciego, fanático o malintencionado ha visto que no hay penalti en una caída de Olmo y que la tarjeta roja a Eric García es de libro equivale a negar la evidencia en aras de ignorar la ansiedad de Hansi Flick y sus jugadores por acelerar un triunfo que creyeron tener a mano.
Lo paupérrimo es que a Camavinga no le hubieran echado en un partido de la liga doméstica y que el aterrizaje de Olmo se hubiera castigado con la pena máxima ante un defensa del Oviedo, el Osasuna o el Getafe. Es un decir. Lo que sufren cada temporada el resto de los equipos por culpa de estos quejicas sin razón ni sentido y la colaboración de medios de comunicación «amigos» resulta ya cansino e insoportable.
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