Ha llovido un poco desde aquel año 2007 en el que Mateu Alemany se postuló como candidato a presidir la Real Federación Española de Fútbol, curiosamente en comandita con Javier Tebas y en contra del entonces presidente Ángel Villar. Traicionado por algunos de los presidentes territoriales que le habían prometido su apoyo, entre ellos el de la Balear, Miquel Bestard, tuvo que plegar velas antes de echarse siquiera a la mar. En plena campaña había dejado una frase para el futuro: «el Comité de Árbitros es el brazo armado de la RFEF».
El tiempo pasa muy rápido, hoy en día el andritxol se ha perfilado como el nuevo peso pesado del Atlético de Madrid después de su efímero paso por el FC Barcelona y diversos coqueteos con Las Rozas como sustituto de Luis Rubiales o en algún cargo relacionado con la candidatura del cesado Pedro Rocha. Nunca sabremos, porque ahora no lo dirá, si piensa lo mismo que entonces. Tampoco, aunque esto es lo de menos, su opinión sobre las tretas del valiente Diego Simeone, manipulador de la liga al sacar sus «amateurs» en Sevilla y Elche, sin atreverse a hacer lo mismo en el Metropolitano y contra un clásico como el Athletic Club de Ernesto Valverde.
En el arbitraje, como en cualquier otra actividad o profesión, hay de todo: árbitros buenos, regulares, malos, honestos, tal vez deshonestos, incólumes, tal vez corruptos o, como José María García llamaba a algunos de ellos, «bultos sospechosos». Lo que hemos visto esta semana en algunos campos confirma algo mucho más grave: su incapacidad para respetar las reglas que pretenden imponer en el terreno de juego a los demás. No se trata de «negreiras», que la esposa de un exárbitro que firma de delegado en el Real Madrid esté colocada en el Comité, o que otro lo sea del Villarreal CF. Zariquiegui fue muchísimas temporadas el del CA Osasuna o Santamaría Uzqueda del Real Valladolid. Lo intolerable es que el VAR se haya convertido en el refugio de los peores o retirados para seguir en nómina, aunque se permitan faltar a la primerísima de sus normas: intervenir solamente en errores claros fuera de toda duda.
Lo hemos dicho en otras ocasiones, pero lo ha repetido el técnico del Rayo Vallecano hace unos días: «si tienes que pasarte 10 minutos discutiendo con tu colega de la cabina para decidir el signo de una jugada plano tras plano, toma tras toma, debe prevalecer lo que se ha pitado». Pero esto sepan que va a ir a peor. Lo de señalar fuera de juego tres, cuatro o cinco jugadas más tarde despistando a espectadores y a los propios jugadores será una broma. El automático ya se ha equivocado más de una vez, ¡vaya automatismo!, y ya amenazan con revisar hasta los saques de esquina.
Entre manejos, resultados adulterados, equipos estado, clubs de negocios, un calendario insólito y fondos de inversión, el fútbol viene en caída libre, al menos tal como lo hemos conocido y nos enamoró. Somos unos ingenuos.
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