La fábrica de géneros de punto llevaba más de cuarenta años cerrada, pero nadie se atrevía a acercarse a partir del atardecer. Decían que en su interior hasta el viento soplaba de distinta forma, daba la sensación de que las paredes respiraban. No era más que una sensación, pero parecía como si alguien, o algo, siguiera trabajando entre máquinas oxidadas.
La joven licenciada en periodismo no creía en supersticiones, pero aquella noche necesitaba respuestas. Su hermana mayor había desaparecido dos días antes, y la última señal de su móvil la situaba justo allí, en la entrada de la fábrica.
Empujó la oxidada verja de hierro, que cedió fácilmente acompañada de un chirrido que recorrió todo el edificio. Dentro, el ambiente era frío, demasiado frío para una noche de verano. Caminó, rodeada de polvo y telarañas, iluminando con la linterna de su móvil los restos de maquinaria que parecían criaturas fantásticas dormidas. Entonces lo oyó. Un golpe seco. Luego otro. Daba la sensación de que alguien estaba trabajando en una cadena de montaje invisible.
La joven tragó saliva y avanzó en dirección al golpe seco. A cada paso, el eco se deformaba, como si la fábrica cambiase de forma a su alrededor. Al llegar al antiguo taller principal, vio algo que la obligó a detenerse en seco.
Había sombras moviéndose entre las máquinas. No se trataba de sombras proyectadas. Eran sombras que caminaban, que se inclinaban sobre mesas inexistentes y repetían gestos mecánicos. Eran figuras humanas, pero translúcidas, como hechas de humo atrapado en sus inexistentes cuerpos.
La joven licenciada en periodismo retrocedió, pero una de las figuras se giró hacia ella. No tenía rostro, solo un contorno borroso. Aun así, la joven sintió que la miraba.
—No deberías estar aquí —susurró una voz que no procedía de ninguna parte y de todas a la vez.
La linterna de su móvil parpadeó. El aire se tornó mucho más denso. Y entonces la vio; en el suelo, junto a la columna, estaba la mochila de su hermana. La joven corrió hacia ella, pero al agacharse para cogerla, una mano fría, demasiado fría para ser humana, le rozó el hombro.
Se giró de golpe. La figura sin rostro estaba escasamente a un palmo de ella.
—Nos quedamos aquí —dijo la voz— porque nadie nos dejó marchar.
La joven periodista sintió un escalofrío recorrer toda su espalda. Comprendió de golpe lo que había sucedido décadas atrás; los rumores de accidentes, de obreros desaparecidos, de turnos nocturnos que nunca terminaban. La fábrica no estaba abandonada, solo estaban los que nunca pudieron salir.
—¿Dónde está mi hermana? —preguntó con la voz temblorosa.
La figura señaló hacia las escaleras que bajaban al sótano. La joven dudó. Pero la mochila de su hermana seguía allí. Respiró hondo y bajó. Mientras descendía por las escaleras, las luces de la fábrica, que no deberían funcionar desde muchos años atrás, se encendieron una tras otra. Y arriba, en la oscuridad del taller, las sombras volvieron a ocupar sus puestos, repitiendo eternamente el trabajo que las había condenado.
El sótano olía a humedad antigua, como si el ambiente llevara décadas sin airearse. Nuestra protagonista bajó los escalones. Cada peldaño crujía como si protestara por su presencia. Cuando llegó al final de la escalera, descubrió un pasillo estrecho que no recordaba haber visto en los planos que había consultado. Las paredes estaban cubiertas de marcas, como si alguien hubiera pasado las manos por allí una y otra vez, buscando, quizá, una salida. La luz parpadeó.
—No estás sola —susurró la misma voz que había oído antes.
La periodista tragó saliva y avanzó. El pasillo desembocaba en una sala amplia, donde antiguamente se almacenaban los cilindros de tela y los ovillos de hilo. Ahora estaba vacía… o casi. En el centro había una mesa metálica y, sobre ella, algo que la hizo contener el aliento; el móvil de su hermana, encendido, con la pantalla iluminada. Un mensaje sin enviar ocupaba gran parte de la pantalla.
—Creo que hay alguien aquí abajo. Si no salgo en…
El mensaje se quedaba interrumpido. La joven sintió un nudo en el estómago. Dio un paso hacia la mesa, pero entonces escuchó un sonido suave detrás de ella. Se giró de inmediato. En la entrada de la sala había una imagen. No era como las sombras del taller. Esta tenía forma humana. No avanzaba, solo observaba.
—¿Dónde está mi hermana? —preguntó la joven con la voz quebrada.
La imagen levantó el brazo y señaló hacia una puerta lateral que ella no había visto antes. Una puerta de metal, entreabierta, de la que salía una luz tenue, casi azulada. La joven dio un paso hacia ella, y la imagen habló:
—Si entras… no podrás volver a salir.
La muchacha no sabía si aquellas palabras eran una amenaza o una realidad evidente. Pero la idea de dejar abandonada a su hermana allí, sola, perdida en aquel lugar, ni se la planteaba. Respiró hondo, apretó el móvil con la linterna encendida contra su pecho y empujó la puerta. La luz azul la envolvió. Y detrás de ella, la imagen se desvaneció, como si jamás hubiera estado allí.
Ahora la luz azul era tan intensa que tuvo que entrecerrar los ojos al cruzar el umbral. El ambiente ya no olía a humedad, sino a algo metálico, casi eléctrico, como si la habitación estuviera cargada de energía. Cuando la puerta se cerró detrás de ella, sin que nadie la tocara, supo que ya no había vuelta atrás.
La sala era circular, mucho más grande de lo que debería ser según la estructura del edificio. Las paredes estaban cubiertas de paneles antiguos, llenos de interruptores y luces que parpadeaban sin seguir ningún patrón. En el centro, una máquina enorme. No parecía estar en marcha, pero emitía un zumbido leve, como si estuviera respirando.
—No deberías haber venido —dijo una voz a su izquierda.
Ella se giró inmediatamente. Allí, apoyada contra la pared, estaba su hermana. O al menos parecía ser ella. Vestía con la misma ropa, tenía la misma postura nerviosa, la misma expresión de sorpresa al verla. Pero algo en su mirada no encajaba. Era como si sus ojos estuvieran desenfocados, mirando a través de ella en lugar de mirarla directamente.
—¿Estás bien? —preguntó la joven licenciada en periodismo acercándose a su hermana.
La hermana levantó una mano, como pidiéndole que se detuviera.
—No te acerques. No soy… exactamente yo.
—¿Qué significa eso?
Su hermana miró la máquina del centro.
—La fábrica no está vacía. Nunca lo estuvo. Algo quedó atrapado aquí cuando cerraron. Algo que no entiende que el trabajo terminó. Y cuando alguien entra, intenta copiarlo para que siga trabajando.
—¿Copiarlo?
Ella asintió, con un gesto lento, casi mecánico.
—Yo intenté salir. Pero la fábrica me dividió. No sé cómo explicarlo. Parte de mí está aquí. Y parte sigue atrapada en la máquina.
—Entonces —preguntó la joven periodista—, ¿dónde está el verdadero tú?
Su hermana señaló a la máquina.
—Dentro. Y no sé cuánto tiempo me queda antes de que deje de ser yo del todo.
La máquina emitió un chasquido, dando la sensación de que había despertado. Las luces de los paneles se encendieron una a una, formando un extraño patrón que la joven periodista no entendía, pero que la fábrica sí parecía reconocer. La voz que había escuchado antes, la que no venía de ninguna parte, resonó de nuevo, más clara que nunca.
—El turno todavía no ha terminado.
La máquina comenzó a vibrar. Y la joven periodista comprendió que la fábrica no tan solo respiraba. La fábrica elegía.
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