Un golpe seco contra la puerta despertó a Clara de su duermevela. El reloj de la mesita de noche marcaba las 2:47 de la madrugada. No esperaba a nadie, y la casa, perdida entre pinos, cipreses y viento, no era precisamente un lugar de paso.
—¿Quién está ahí?
Clara se incorporó con el corazón acelerado. El silencio posterior fue tan profundo que casi dolía. Pensó que quizá lo había soñado, pero entonces percibió otro sonido: un roce, como de uñas o ramas arañando la madera. No era muy fuerte, pero insistente.
Se calzó las zapatillas y avanzó por el oscuro pasillo. Cada paso parecía resonar demasiado. La luz de la luna entraba por la ventana del salón, proyectando sombras alargadas que se movían con el viento. El pomo de la puerta principal brillaba débilmente.
—¿Quién está ahí? —preguntó, intentando que su voz no temblara.
No hubo respuesta. Solo se oía el susurro del bosque. Clara apoyó la oreja en la puerta. Nada. Y entonces, justo cuando iba a alejarse, escuchó una respiración. Lenta. Profunda. Al otro lado. Retrocedió de golpe. Aquello no era un animal. O al menos no uno que ella conociera. La respiración se detuvo. Un silencio espeso cayó sobre la casa. Clara sintió que algo la observaba desde el otro lado de la madera, como si la puerta fuera demasiado delgada para contenerlo.
—¿Quién está ahí? —repitió, esta vez más bajo.
Un golpe, esta vez más suave, casi un toque, respondió. Luego, tres golpecitos rítmicos. Como si alguien llamara… con paciencia. Clara tragó saliva. Miró alrededor buscando algo con lo que defenderse, pero lo único que tenía a mano era una lámpara de mesa. La agarró. El pomo de la puerta empezó a girar. Muy despacio.
Clara retrocedió hasta chocar con la pared. La puerta crujió. El aire se volvió frío, como si algo aspirara el calor desde el otro lado. El pomo terminó de girar. La puerta se abrió un centímetro. Solo un centímetro. Y una voz, apenas un susurro, se deslizó por la rendija:
—Clara… ya estoy dentro.
La puerta quedó entreabierta, apenas un centímetro, pero la presencia al otro lado llenaba el pasillo como si hubiera entrado entera. Algo respiró. Clara sintió.
Clara sintió que el aire se espesaba, que cada respiración costaba más. La voz que había susurrado su nombre no volvió a hablar, pero algo se movió en la oscuridad, un roce leve, serpenteante, como algo reptiliano arrastrándose por el suelo. La casa ya no estaba vacía. Clara retrocedió un paso atrás, aferrando la lámpara con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La puerta, inmóvil, parecía observarla. No sabía cómo, pero lo hacía. Y entonces lo notó: un olor frío, húmedo, como a tierra recién removida.
La rendija se ensanchó, apenas otro milímetro. Un dedo apareció. No era un dedo humano. Era demasiado largo, demasiado delgado, la piel grisácea tensada sobre un hueso imposible. Se apoyó en el borde de la puerta con una suavidad casi delicada.
Clara ahogó un grito. El dedo se retiró. Y con un movimiento lento, casi curioso, algo se inclinó hacia la rendija. Un ojo. Negro, profundo, sin brillo. Un ojo que no reflejaba la luz, que parecía absorberla.
—Clara… —susurró la voz, esta vez más cerca, como si hablara directamente dentro de su oído—. ¿No vas a abrirme?
Ella negó con la cabeza, aunque sabía que no podía verla. Dio otro paso atrás. La lámpara temblaba en su mano. El ojo parpadeó. Una vez. Y entonces la puerta se cerró de golpe, con una fuerza brutal que hizo vibrar las paredes. Clara se quedó inmóvil, el corazón desbocado. Silencio. Un silencio absoluto. Hasta que escuchó pasos. Dentro de la casa. Lentos. Avanzando por el pasillo, hacia ella. Clara levantó la lámpara, dispuesta a golpear. Los pasos se detuvieron justo a la vuelta de la esquina. Podía sentir la presencia allí, esperando.
—¿Quién está ahí? —susurró ella, casi sin aire.
La voz respondió desde muy cerca, demasiado cerca.
—Tú me dejaste entrar.
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